Skip to main content

Full text of "Dario Amaral 2018 El Estampido"

See other formats


RtitJPCDNES CHUPO EDITOR 



W DARÍO AMARAL (Rocha. 1974). Estudió literatura 
en el I.P.A. y es Docente de Educación Primaría. 
Participó en talleres, seminarios y concursos 
literarios obteniendo, en estos últimos, diversas 
distinciones en categoría cuento y poesía: 1991.1° 
premio concurso de poesía en el liceo en que cursa: 
1994.1° premio concurso 'Jornadas Carolinas" de 
la ciudad de San Carlos; 2002. I o mención concurso 
literario “Me siento Róchense" organizado por el 
Colegio San José de Rocha; 2003,1° premio concur¬ 
so de poesía del Instituto de Formación Docente en 
que cursa; 2014,1° mención "Concurso Internacio¬ 
nal Club de Leones de Rocha" en la categoría 
ciencia ficción: 2014. 2 mención y publicación 
antológica "Concurso de Cuentos Felisberto 
Hernández" organizado por el Municipio de Rocha; 
2014. premio y publicación antológica Concurso 
Editorial l°de Mayo de Montevideo; 2016. Finalista 
del II Certamen Literario Internacional de la 
Fundación Somos: 2017. Finalista Concurso Español 
de Micropoemas "Primavera de Sueños"; Finalista 
Certamen de Poesía de San Isidro Labrador en 
España; Finalista y publicación antológica I Concur¬ 
so Literario “Lluvia de Versos", publicado en 
España 

Se ha involucrado con la prensa escrita, televisiva y 
radial abordando temas de corte cultural, 
fundamentalmente referidos a literatura y cine. Sus 
cuentos y poemas han sido publicados en antologías 
en formato papel y digital a nivel nacional e interna¬ 
cional. Reside alternadamente entre el balneario La 
Paloma y la ciudad de Rocha, ejerciendo la 
docencia en una escuela de educación especial. 


El estampillo de la 
entraña oriental 



El estampillo de la 
entraña oriental 


W. DARÍO AMARAL 


El estampido de la entraña oriental 

W. Darío Amaral 

Primera edición en Irrupciones: Noviembre 2018 


© W. Darío Amaral, 2018 

© Irrupciones Grupo Editor, 2018 

Montevideo-Uruguay 
irrupciones@irrupciones.com 


ISBN 978-9974-722-29-3 





Para María Clara Amaral, mi ventura y aventura. 


Donde saltó la vida y luego nada 
echó a rodar, y luego nada; queda... 
un portón viejo en el vacío, algo 
como un andén cubierto por la arena; 

queda por siempre el hueco 
que deja un estampido por el bosque. 

Rafael Guillén 


Toco entraña para iniciar el cántico. 


Clara Janés 



Prólogo 

El presente volumen se compone de 34 textos, (que podrían resistir a la 
clasificación de prosas poéticas o poesía narrativa), confeccionados durante 
el lapso aproximado de tres años; si bien todos poseen un carácter eclécti¬ 
co y variopinto en cuanto a sus temáticas al menos cinco de ellos refieren, 
desde un trasfondo ficcional, al Uruguay en cuanto cultura (idiosincrasia, 
costumbres y tradiciones reconocibles, aunque también a falencias inheren¬ 
tes a la condición humana que nos pueden llegar a incumbir desde la no 
menor circunstancia de que han sido confeccionados por un compatriota: yo 
mismo). No están ausentes las referencias a autores y obras nacionales como 
también los denominados “clásicos universales” no sólo de la Literatura sino 
también de la Filosofía (como Sartre, Kant, Soren, Kierkegaard, Heidegger, 
Camus, Joyce, Proust, Hesse, Bolaño, Hemingway, Reinaldo Arenas, Lezama 
Lima y Onetti entre otros), circunstancia que lo aproxima en algún punto 
también al ensayo. El libro explícita además las inquietudes existenciales y 
metafísicas (“Avant-premiere: dios a flor de agua turbia”), así como también 
el interés por los asuntos filantrópicos y ambientales encarados desde una 
ética que aboga por el derecho de la convivencia pacífica y sustentable del 
hombre con el hombre y la naturaleza (tal el caso de “La voluntad de las 
ojivas de sangre”). Por su parte, textos como “El perol de las lenguas bece¬ 
rras”, “Plaza sitiada al 1400”, “En Shikoku la hojarasca ligera” o “Caronte/ 
Hades” se perfilan por su estilo, forma y contenido(su superestructura), hacia 
una esfera marcadamente poética aunque no poseen versificación. Textos 
como “Jhonny Melgarejo y el viejo carcelero” o “La sombra” evidencian 
una estructura más llana y lineal que los acerca al típico cuento tradicional; 
aunque hay que precisar que si bien textos como “Los gatos huérfanos o una 
temporada de fe”, “Lo que se dice casi un acto poético” o “El estampido de 
la entraña oriental”, albergan una particularidad semejante a los citados en 
un principio, sus tramas difieren en cuanto que inquieren en acontecimien¬ 
tos históricos “desafortunados” acaecidos por estas márgenes (los eventos 
de Salsipuedes durante el gobierno de Rivera y las dictaduras militares en 
América Latina). Este marco sólo puede facultar o predisponer a quien se 
digne a ingresar en su lectura a una sensibilidad especial, particular y propia 
que, de alguna manera entraña por igual en virtudes como en miserias que 
nos constituyen como seres humanos determinados social y culturalmente 
con un denominador común histórico y sensible; estas prosas son factibles 
de generar lo que he dado en denominar, a falta de otro adjetivo más altiso¬ 
nante para un oriental, de “estampido”, no tanto por su soslayado realismo 
como por su visceral cuando no cruenta invención en la que se enmarcan sus 
textos. Acaso este sea el más oportuno justificativo para un título semejante. 
Si de pronto me apresurasen a otorgarle al lector distraído una posible re¬ 


tí ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


11 


ferencia literaria que tuviese que ver con la inspiración y elaboración de El 
Estampido de la Entraña Oriental como registro de escritura, se me ocurre 
audaz e indefectiblemente pensar, en cuanto a predilección y aspiración in¬ 
comparable a un libro ejemplar: La Universidad Desconocida de Roberto 
Bolaño sobre cuyo fundamento, por otra parte, Bolado declaró poco antes 
de abandonar este mundo: “creo que en la formación de todo escritor hay 
una universidad desconocida que guía sus pasos, la cual, evidentemente, no 
tiene sede fija, es una universidad móvil, pero común a todos...”. Por lo que 
la exégesis de Bolaño incumbe y abarca también al proceso creativo de textos 
como los aquí reunidos puesto que desde su génesis hasta su cierre siempre 
inacabado, como señalaba Borges, sólo puede justificarse y adquirir verdade¬ 
ra razón de ser en ese intercambio significativo con un lector que por sobre 
todo resultará, o tenderá a ser, único e ideal. Este libro presenta además al¬ 
gunas marcas particulares como un texto complementado con ilustraciones 
propias resultantes de la lectura de Dave Eggers (así la prosa inicial “Acerca 
de rampas, escalones y otras escalerillas hasta el cielo”); textos con una es¬ 
tructura argumental “circular” en que la dimensión tempo-espacial se diluye 
hasta confundirse en un espiral alucinatorio (el texto titulado “Taumatro- 
po”); o marcas distintivas como el transcurso de la hora de un reloj que 
parece decidir sobre el desenlace de la historia referida (así “El que aguarda 
un tren en un andén a medianoche”), e incluso cupo un espacio más para un 
ensayo de emulación al iluminado vate Nicanor Parra recurriendo, como él 
hubiese optado, a la ironía, siempre ducha en descubrir cómplices a la vuelta 
de un recodo (el texto es “Supersticiones del nuevo poeta mald(h)ito y un 
silogismo postumo que no hacía falta”). 

La palabra “entraña” es polisémica, posee algo así como cinco o más 
significados, todos ellos aluden a lo íntimo, a lo esencial y a lo oculto, a 
aquello que existe en lo interior como una viscera humana dotada de vida 
palpitante. Este libro fue desde su gestación, desde esa dialéctica de la sole¬ 
dad que adquiere sentido en la comunión con sus pares (orientales en nuestro 
caso), a la que refiere Octavio Paz en su pequeño y descomunal Laberinto de 
la Soledad, un libro escrito con afecto y orgullo, con saña y dolor, pero nun¬ 
ca con indiferencia, pues soy de aquellos que prefieren equivocarse por su 
cuenta a tener razón por consigna. Ahora, que el “estampido” de esa entraña 
nazca por decantación ya es asunto concerniente a cada uno de ustedes, en 
cambio, proseguirá siendo personal esa búsqueda esperanzada de lectores 
ideales que profeso por la circunstancial certeza de que estén, ahora, aquí... 


El autor 
Montevideo, 2018. 


12 


| W. Darío Amaral | 


ACERCA DE RAMPAS, ESCALONES Y OTRAS 
ESCALERILLAS HASTA EL CIELO 


La misma tribulación, el mismo sueño recurrente durante 
cada semana de la temporada en el dominio de aquel cuarto de 
mala muerte atestado de insectos, sobre el desvencijado catre en 
el hostal de la costanera sur del balneario, desde cuya ventana 
veía cada mañana abrirse el mar. En un comienzo el prodigio 
consistió en el surgimiento y resurgimiento de un prominente 
peldaño que acabó por constituirse, en su ascenso, en una relu¬ 
ciente rampa que asomaba de entre la espuma del oleaje como un 
plateado monolito, un iceberg de piedra sobresaliendo moteado 
por verduscas algas. Luego se presentaron los macizos peldaños 
de una simétrica y curiosa escalinata semejante a los concluyentes 
vestigios de un edificio en ruinas de Chernobil u otra construc¬ 
ción bombardeada en Kuwait, pero que más firmemente parecía 
rememorar los vestigios sumergidos de alguna milenaria ciudad, 
más allá de las columnas de Hércules, tal vez Atlántida. Para el 
atardecer la marea del Atlántico orilló desde la lontananza una 
musgosa madera desprendida tal vez del casco de algún vetusto 
navio de pesca durante alguna tempestad, la encalló entre las ro¬ 
cas y la bruma marina. Se trataba en realidad de una escalerilla 
de las de maniobrabilidad cotidiana u otros menesteres que bo¬ 
yaba como un liviano cadáver despintado y a la deriva. Las tres 
estructuras anochecieron, (o amanecieron), un poco empetrola- 
das y también recubiertas de liqúenes en las aguas turbias de una 
vigilia sin par, hasta encallar sin preámbulo en la orilla tapizada 
de caracolas de una inquietante ensoñación de la que, hasta hoy, 
no he conseguido recuperarme. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


13 



Cada jornada en la que, al igual que sombras malditas, 
o mejor dicho, al igual que tres auténticos esperpentos inani¬ 
mados y horrendos, se presentan las mismas imágines disími¬ 
les bajo forma de rampa, escalinata y escalerilla, empapadas 
en salinidad, no atino más que a presagiar noticias infaustas 
para mí porvenir. No tanto por su naturaleza como por la 
recurrencia o asiduidad con la que impostergablemente apa¬ 
recen únicamente ante mi vulnerable ser. En el año del Señor 
de 2017 la prístina revelación me alcanzó recién para el gélido 
invierno. La rampa ya había sido cubierta en su totalidad por 
la marea y cabía la posibilidad de que se hubiese hundido en el 
lecho marino; la escalinata debió despedazarla los envistes del 
oleaje o bien el metalizado casco de algún buque extranjero 
en la cerrada noche; en cuanto a la escalerilla, me consta sin 
aprensión, fue rescatada por mi vecino el pintor, compuesta y 
pintada hasta acabar auxiliando en su funciones como parte 
de un utensilio más. 

En ocasiones cuando la veo recostada en la pared lateral 
de su cabaña me embargan irrefrenables impulsos de arreba¬ 
társela sin que este sospeche nada. Tenerla bien a mi alcance 
para destrozarla con el filo de un hacha y tocarle lumbre para 


14 


| W. Darío Amaral | 



que, en esa especie de acto de exorcismo, caliente en algo esta 
habitación, mi cuerpo y mi alma. 

Y es que esa infausta escalerilla tiende, desde su impen¬ 
sable surgimiento marino, a comportarse como un mismísimo 
oráculo que todo lo sabe y antecede por más malo que ello 
sea. Como tal se comporta y luce. Y resulta que, si lo medito 
un instante, con sólo ver su contextura o estructura de ascen¬ 
sión decreciente, si lo deduzco con exactitud matemática, no 
hace otra cosa más insana que evidenciarme, en una soberbia 
metáfora metafísica, que a medida que trepo su imprecisa per¬ 
pendicularidad y me aproximo paso a paso en altitud al cielo 
esta comienza a estrecharse. Es decir, guardo la certeza lógica 
de que, si la prolongase hasta más no poder, esta cerraría su 
angulosidad al extremo de no dejar ingresar al cielo a ningún 
ser superior en tamaño a una miera. En tanto el cielo se cubre 
de nubarrones, desde el desvencijado catre razono viendo a la 
escalerilla arder que, aplicando el mismo principio, pero en un 
inminente descenso, la maldita no hace otra cosa más dantesca 
que ensancharse concediendo un espacioso acceso),plausible 
de abarcar a todo el universo. 

Apenas amanezca, arrojaré sus malévolas cenizas a las 
espumosas lenguas del mar para que la deglutan en irrevoca¬ 
ble señal de contrición. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


15 



LA VOLUNTAD DE LAS OJIVAS DE SANGRE 


El hombre es un lobo para el hombre 
Thomas Hobbes 

Antaño, época de corruptible memoria, la “paideia” he¬ 
lénica ponderó además la filantropía. Las Cruzadas y la Santa 
Inquisición ponderaron con severidad la suya. Hasta, en pos 
de la ecuanimidad, se irguió una vacante para el genocidio, la 
esclavitud, las dictaduras, el racismo, el parricidio, la homo- 
fobia, el infanticidio y la pederastía inherente. Cupo oportu¬ 
nidad incluso, y sobrada voluntad, para arrasar con la fron¬ 
dosidad silvestre y sus míseros ocupantes en pie, todos y cada 
uno a priori minuciosamente confiscados. Nuestra temporada 
puja sin cesar, ( y sin ningún” César”, lo que no es igual), 
por pulimentadas, rellenas y cromáticas ojivas guarecidas con 
el celo de la existencia misma para la que fueron concebidas 
menguar o arrebatar sin más. Sin dioses o con un parvada 
abúlica de ellos, somos nuestros propios dioses, nuestros pro¬ 
pios fiscales, jueces e imperecederamente nuestros verdugos. 
Se renegará de aquella imagen devuelta por la luna de nuestro 
propio espejo, proclama el sacro mandamiento, pues estamos 
hechos a nuestra propia imagen, una Weltanschauung light, 
hedónica, huérfana de humanidad... Aborrecerás de tu espíri¬ 
tu y de todo aquel que se ocupe en salvaguardar el de su próji¬ 
mo. Ante todo, no dejes de odiar a quien te llagase a amar, que 
si te odia pasará a llamarte “hermano mío”. No impliques, de 
ninguna manera, los asuntos existencialistas de Soren, Kier- 
kegaard, Heidegger, Sartre, Camus... que aunque alguna vez 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


17 


orientaron al pensamiento filosófico podrían comprometerte 
y marginarte en buena medida; lo mismo es aplicable respecto 
a la lectura del Ulises de Joyce, En Busca del Tiempo Perdido 
de Proust y todas las novelas de Hermann Hesse que abogan 
por la superación humana. 

Mejor tima, saquea, viola, troza, arremete, incendia, 
aplasta y defeca cada brote, pimpollo y perfecta flor que se te 
atraviese en tu peregrinación. Sofrena y posterga en lo factible 
el asesinato instantáneo, pues semejante arrebato claudica la 
meritoria complacencia. Empero, da salida a la piedad, a la 
justicia, la verdad, la moral y a cualquier símil de lo que pue¬ 
da ser concebido como una etérea manifestación moral. Por¬ 
que, mortal o inmortal, no descubrirás otra exégesis, ni más 
axiomático repliegue que el de la voluntad de aquellas ojivas 
de sangre asolando hasta el firmamento, la lluvia y su arco 
iris, asolando los restos de los restos, asolándonos sin pizca 
de piedad, asolando a dios y al mismo diablo fusionados, aso¬ 
lándolo, como ojiva, todo y a cada una de sus partes. Ergo: 
“Esta alma, (y las familiares a ella), está llena de sombras, y 
allí se comete el pecado. El culpable, (empero), no es quien ha 
cometido el pecado, sino aquél que ha hecho la sombra” alega 
el León de Besanzón. 


18 


| W. Darío Amaral | 


EL QUE AGUARDA UN TREN EN UN ANDÉN 
A MEDIANOCHE 

Mientras tus versos se pudren, dijo la voz 
a las doce de la noche... 

R. Bolaño 

11:52— Apenas algunas prendas de ropa mal lavadas, 
pues no he de calzarme más, 

se apelmazan en mi maleta como apolillados harapos 
bajo el mamotreto de folios redactados y otros más bo¬ 
rroneados, 

arrancados orgánicos de manera pretenciosa, cuales li¬ 
rios o yerbas perennes; 

arrancados de cuajo, (como un alumbramiento no vatici¬ 
nado, ni deseado en realidad), 

de la ignominia de la desazón y el espanto, de la imperio¬ 
sa necesidad de la búsqueda de otro refugio, de otra retórica, 
de otro esquema circundante ¿qué por qué los cargo conmigo? 
no lo sé a ciencia cierta, pero son mi entera responsabilidad 
más allá de su carácter y absurda naturaleza; en tanto avanzo 
cuesta abajo, sin portar un arma, pero con el sigilo del traidor 
o del lumpen que deserta atravesando también la bruma y la 
penumbra que sin duda son, en esta bifurcación temporal y 
por este páramo, su única redención, su cómplice “partisano” 
y su bálsamo...y que le consta fenecerá en la más impropia 
glaucoma; revive pues en mí, como una pulsión de un Eros 
irredento, el impulso de hacer una o dos llamadas telefóni¬ 
cas ¿pero dirigidas a quiénes? ¿al Sumo Pontífice mientras es 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


19 


duchado por sus súbditos en el Vaticano? ¿al casero que he 
timado con mil patrañas irrisorias durante meses? ¿telefonear 
a la casa con jardín en la que crecí y en la que no volveré a ver 
a mi pobre madre aguardar a mi padre borracho? ¿telefonear 
a la hermosa y tímida meretriz apenas mayor que mi hija y 
respecto de la que no consigo saber a ciencia cierta si me dejó 
de llamar o la dejé yo de hacerlo?...da lo mismo, el daño no 
se supera por ello. Lo cierto es que lo he postergado y además 
abandonado sin excesivo remordimiento. 

Hubo una vez en que me paralicé en la contemplación de 
la profundidad abismal de los ojos de Camus y Hemingway 
estampados en una postal navideña que alguien me envió des¬ 
de Ginebra, en ellos descubrí, por vez primera, un atisbo de la 
humanidad apabullante que no redimió a ninguno de los dos, 
desde entonces evito, al igual que Borges, la cercanía peligrosa 
de toda luna sólida o líquida de espejo... 

12:01— Arribo a la antigua estación con el espinazo y el 
cráneo resquebrajados de sostenerme, arribo sin que me im¬ 
porte un bledo el haberme mantenido en pie pese al lastre 
muerto sobre mis hombres, arraigado aunque zigzagueante 
como un chal—chal ribereño, al cabo de cuatro décadas de 
encandilamientos, de sórdidos monitores y pantallas líquidas 
desbordadas de psicodélica, panfletaria basura, de rotundos 
estéreos sin cadencia alguna en torno a mundanales con¬ 
gregaciones que aún no conciban el sentido de sus acciones 
conjuntas ni ante qué dios acuclillarse o apostar por lo que 
no poseen...móviles, drones satelitales, mascotas artificiales, 
tratamientos faciales y psíquicos, indumentarias cubiertas de 
lentejuelas violáceas... fornicaciones y orgías coyunturales, 
suicidios sectarios, infanticidios auspiciosos y sustanciosas 
desfloraciones; jardines de dalias, todas ellas siliconadas con 
pétalos de botox y hojas de vinilo fosforescentes... 


20 


| W. Darío Amaral | 


Si poseyera al menos la certeza precisa y oportuna de 
que no perduraría bajo ninguna otra modalidad vital ni esen¬ 
cia tangible, antes del ocaso bien me hubiese dejado abatir, 
avasallar cobardemente para desaparecer así entre los escom¬ 
bros de semejante Gomorra, me escabulliría en la noche como 
el sedicioso “cagatintas” que nunca he sido pero al que siem¬ 
pre he pretendido invocar. 

12:09— Resplandor, penumbra... Alternadamente los re¬ 
lámpagos de la tormenta de temporada refulgen delatando a 
los preñados nubarrones purpúreos que poco tardan en esta¬ 
llar y vomitar un lastre de lágrimas sobre las musgosas tejas 
de la antigua estación; la luz del neón que humea moteada de 
insectos parece acentuarla más aún, al igual que esta espera 
cojonuda. 

Se descongestionan las nubes y las gotas ácidas se preci¬ 
pitan, estallan como bolsas que dan en el concreto y el agua se 
escurre, se desbanda enérgica hasta inundar los sesgos de estas 
cicatrices que, aunque reniegan de su existencia, exponencial¬ 
mente aparecieron allí, prevalecen desde las mismas nubes que 
custodiaron a arcaicas genealogías de seres que nada poseían 
que los familiarizase con un hombre. 

12:13— De pronto surge de entre las sombras una loco¬ 
motora, repta con parsimonia sobre los rieles al igual que un 
sonoro leviatán humeante y motorizado, arrastrando un apén¬ 
dice interminable de aún más oscuros vagones, todos y cada 
uno de ellos abarrotados de difusas o distorsionadas siluetas 
hieráticas, inconmovibles como cadáveres vivientes arrella¬ 
nados en su interior; portando cada uno, junto su probable 
espíritu, una sobria maleta de las que tampoco se me hace 
inverosímil calcular o suponer el contenido que resguarda. 

El interior del metalizado transporte se encuentra inva- 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


21 


dido por una siniestra niebla que recorta al pasaje trastocán¬ 
doles en distorsionadas figuras, asimismo presiento que tras 
ser engullidos vivos en este ámbito no puede persistir ardid 
más eficiente que el de transfigurar la totalidad del desfile de 
rostros famélicos, inciertos, putrefactos y algún que otro fosi¬ 
lizado, invocando la imagen de abatidas, resignadas calaveras 
que alguna vez respiraron provistos de pulmones, carne, arte¬ 
rias, visceras, masa encefálica, penes, himen, vaginas, orines, 
excremento, saliva ,sangre y tal vez corazón... así como las 
veo a todas ahora no parecen ser más que sombras supinas 
recortadas aguardando lo imprevisible, sea lo que ello sea. 

12:21— “¡Arriben señoras y señores!...” ruge la carras¬ 
posa voz de un oficial que nadie puede, ni estaría a darse, 
descubrir desde un andén de medianoche; empero ninguno de 
estos pasajeros, en sus insanos tuétanos de corruptas o co¬ 
rrompibles almas, atinarían a invocar una imagen diferente 
al mismísimo barquero Caronte, infernal comisionista de vo¬ 
cación. 

Arribo y me arrellano al fondo, en el único asiento dis¬ 
ponible 

que bien pareciese aguardarme reservado ya desde una 
eternidad que angustia... 

12:24— Avanzamos un trecho escabroso hasta despedir 
la luz y comenzar a ser ceñidos, inmovilizados por la densidad 
de la niebla que efectivamente huele a humo rancio o mejor 
a crematorio; afuera, más allá de la negrura zigzagueante de 
una noche sin fondo, 

avanzamos e iniciamos entonces el descenso. 

Aquí me ves ahora, sin disimular el hecho de no haber 
conseguido aguardar una nave distinta a esta y entonces todo 
cobrará un sentido y un significado más justo que noble en 


22 


| W. Darío Amaral | 


donde antes parecía no existir más que miseria y vulgaridad... 

Y aquí me tienes, el lumpen cagatintas que declina tré¬ 
mulo aunque resuelto por entre los riscos escarpados de in¬ 
conmensurables cordilleras que humean, de vaporosas som¬ 
bras de inconcebibles ruinas, todas y cada una escarlatas y 
moteadas por musgos idénticos a cabelleras recién acabadas 
de escalpar... (acotación: a cortos metros del destino mis sen¬ 
tidos fueron turbados tras un descubrimiento imposible: el 
panorama de hastío y ruina no conseguía opacar, desde el filo 
de la hendidura de una piedra desgastada, el solitario destello 
de vida despedido por 

una begonia blanca semejante a un querubín entre las 
flamas me complugo el hecho de que se encontrase lejos de 
nuestro alcance). 

Este es mi último tramo, prólogo a mi último hálito, im¬ 
pertérrito bajo ya sin pasaje de retorno; amiguitos lean estas 
líneas que serán, más que bien, mi postrera lamentación, 

mi última imprecación en nombre de los que acompaño y 
de los que también he abandonado sin misericordia ni pésame. 

Desciendo sólido... 

Al fin y al cabo la Terminal a la que ya casi arribamos 
aguardó por nosotros 

desde antes, o incluso posterior, de nuestra procreación, 
(da lo mismo),porque, a decir verdad y para hablar sin rodeos, 
ahora retornamos sin más albur a nuestro hogar. 

Que las palabras nos condenen y dobleguen, como hasta 
ahora, sin piedad, siempre; que no sea otra nuestra cruz. 

Bienvenidos, como puedo despacho mi ser...y la pila de 
folios, por el momento, descansa en la maleta junto a mis su¬ 
dados pies 

por mí. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


23 



EL JARDÍN DE LA CIUDAD MUDABLE 


Todas las casas, edificios, las calles, las plazas, los vehí¬ 
culos y hasta los transeúntes son de súbito distintos, se han 
tergiversado, mutado de un parpadeo a otro como en el flash 
back de un film de Tarantino o de Burton. Y como en una 
de Burton únicamente un humilde jardín se ha resistido, in¬ 
transigente, a esta circunstancia mudable en la ciudad. Las 
begonias, geranios, narcisos, dalias, rosas, violetas y fritilarias 
trasplantadas del bosque rebosan tras un cerco de madera pin¬ 
tado en blanco por alguien que no he podido ser yo. Tampoco 
yo he comprendido la escena con sincronización sino hasta el 
atardecer en que mi hija Clara se atrevió a arrancar algunas de 
aquellas flores, componer rápidamente un ramo y, sonriendo, 
cedérmelo al igual que una ofrenda. 

Ahora no sé cuando sueño ni cuando estoy despierto. 
En cualquiera de los dos orbes indefinidos me desplazo con 
soltura, pero únicamente ante el jardín y viendo, reiterada¬ 
mente, cómo mi hija me regala cada día un aromático ramo, 
soy inmensamente feliz. 

Tampoco sé, (o tal vez sí lo sepa), lo que signifique, pero 
a cada año transcurrido, y en tanto Clara deja de ser una sim¬ 
ple chiquilla, el jardín comienza a perder sus flores que se mar¬ 
chitan antes de tiempo. 

—¿Hoy no hay flores para mí? 

—No papá, casi no queda ninguna que no se esté mar¬ 
chitando. 

—Sí, ya lo veo... 

Supongo que debería despreocuparme por lo inevitable. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


25 


Clara me besa la mejilla, palmea mi hombro y se despide 
de prisa hasta alcanzar al joven que la aguarda sonriente. Am¬ 
bos se alejan caminando, tomados de la mano... 

Yo, sin saber aún si sigo soñando o alucino, me arriesgo 
a traspasar el cerco de madera y me siento sobre la hojaras¬ 
ca que se resquebraja con mi peso. Allí me instalo, estático, 
apretando entre las yemas de mis dedos un amasijo de pétalos 
mustios y malolientes. En mi puño cabe, sin vacilación, toda 
mi existencia. Y entonces la lluvia comienza a desprenderse 
de las nubes rasgando los pocos pétalos vivos de las flores del 
jardín en agonía e inundándome la mirada que percibo por 
igual de distante y ajena a la que en el antaño poseía. 


26 


| W. Darío Amaral | 


AQUÍ (SOBRE)VIVIÓ TAMBIÉN 
OTRO REINALDO ARENAS 

“Tu y yo estamos condenados” advierte con cadencia de 
gong Maciel Reyes y escruta de paso una página de algunos 
de los volúmenes (posiblemente El palacio de las blanquísimas 
mofetas ), de Reinaldo Arenas; lo hace de pie y abstraído ante 
el robusto lustre del anaquel de una librería en Ciudad Vieja. 

Allí lo encontré una mañana sin rastrearle y porque ade¬ 
más me guarecía de la lluvia torrencial que se descolgaba so¬ 
bre la capital. La vida es, a fin de cuentas, una encrucijada 
inesperada de atajos y ladeos y Maciel al igual que Arenas re¬ 
sultaron ser, aunque en épocas, países y sistemas de gobierno 
asimétricos, maricas mayúsculos, de grandilocuentes almas y 
dotados de cuanta nobleza pueda dotarse a la mismidad. 

Lanzados subrepticiamente como cantos rodados (así los 
concebía), al desdén de un río contaminado, revuelto, en el 
que la desolación, el prejuicio y la incomprensión boyaban 
como mierda que embadurna lo que roza de escarnio y de 
puro ostracismo que como el fascismo, racismo y todos los 
restantes “ismos” desangran y ciñen al corazón que, al igual 
que un candado abierto, oxidado y al rojo vivo, se concibe 
aún más vulnerable bajo la menguante luz lunar. 

A ambos, sus respectivas patrias, no supieron abrirles 
una senda ajena a la decepción, la desolación y la desespe¬ 
ranza. En su lugar les despojaron de casi todo, o al menos de 
aquello que la somera existencia impele en la concreción del 
sosiego, la ventura, la armonía, y la esencial creación artística 
bajo un sol de sutilezas y certidumbres que no acertaron con 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


27 


su horma en ninguna parte: tampoco en plazas libres, parques 
libres, ramblas libres, teatros libres, bibliotecas libres... 

Pese a ello, he conseguido ser testigo de que puede pi¬ 
llárseles en gestos de imbatibles colosos que, cuando menos 
lo prevés, se yerguen, una tarde de primavera; elevados como 
alcázares soberbios, de gruesos muros en los que germinan 
florecillas rosáceas que albergan bandadas enteras de golon¬ 
drinas que huyen de las urbes para planear sobre sus cabezas 
como coronas áureas para luego cubrirlos de nidos. Al mis¬ 
mo tiempo creo haberlos divisado otras oportunidades como 
buques acorazados con un calado tal, e impenetrables ante 
lacerantes tempestades, que no se concibe hondura, planicie, 
ni puerto que los albergue así nada más... 

Maciel y Arenas, dos caras en una moneda de oro labra¬ 
do; dos tórtolas blancas oscilando bajo los esbirros, dos saetas 
disparadas a la vastedad del monzón de un atardecer ;entre 
Aguas Claras y Holguín, a codos del Puerto de Montevideo. 

Arribé a Maciel Reyes como a una melódica rapsodia, 
en una tertulia literaria, en el recodo de un café citadino; se le 
veía orgulloso, como un “Vesubio”, de su mención literaria, 
así como el guajiro Arenas con su “Celestino” en la revolucio¬ 
naria cuba de Castro. 

Me le aproximo y congratulo su triunfo estrechándole la 
mano, expele entonces su homilía profana; platica con ton y 
son sobre la dicha y la ignominia que le ha significado no des¬ 
airar sus principios, su esencia humana-poética al igual que su 
incuestionable honestidad intelectual. 

Me narra de Lorca, de Pessoa, de Lezama, y también de 
Arenas, todos homosexuales, todos grandilocuentes, gentiles e 
imperecederos, como él mismo; como él marcados y sufridos 
por su inherente condición. 

Al final cobra coraje de donde parecía no existir y, en el 
estrépito lúcido de un trueno que arremete contra los cristales 


28 


| W. Darío Amaral | 


de la librería en Ciudad Vieja, Maciel me eleva, no sin pudor, 
una invitación a su hogar. Y si la he aprobado es por que re¬ 
conozco en él, antes que a un voraz sodomita, al más mortal 
de los mortales que, aunque resigna su condición de gay a la 
partícula corrosiva del escrutinio manifiesto, (y que justo a 
él parece no mellarle), no resigna, ni claudica su desgarrada 
humanidad de vate, la afabilidad de su ser, de filántropo per¬ 
seguidor de un “areté” onírico y homérico, la nebulosa dia¬ 
mantina y la preclara policromía de sueños truncos y no tan 
truncos... 

A los días me he adentrado, con cierta perplejidad, a 
su casa que es también su cáucaso de alabastro, su “enceinte 
splendeur” donde, pese al ensordecedor mundo exterior, pro¬ 
sigue siendo, quien es: él mismo, un prampológico artista. 

—“Ponte cómodo, estás en tu casa, preparé un té caliente 
con manzanilla y limón; 

junto a ti está mi modesta biblioteca por si apeteces fisgar 
algo.” 

Le obedezco arrellanado en un confortable sillón de raí¬ 
do cuero 

sesgado seguramente por el embiste de las zarpas de un 
gato consentido que no diviso pero que adivino de su proxi¬ 
midad. 

Maciel desaparece chancleteando en bermudas tras una 
cortina de caracoles bamboleantes pendidos al igual que mi¬ 
núsculos babuinos en cien lianas. 

“¿Y hace cuánto que te distrae esto de la escritura mi 
amigo?” observa desde la recóndita cocina. 

“Desde que poseo memoria creo” y no resisto tomar del 
estante intermedio una primera edición de Prosas profanas de 
Darío. 

”¡Uy, pero qué bueno! Veo que has dado con uno de mis 
favoritos. Es tuyo” dice sin más atravesando la manada de 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


29 


babuinos con dos tazas humeantes con la impresión inconfun¬ 
dible de Marilyn Monroe en sus laterales cilindricos. 

—Pues no sé qué decir. No nos conocemos tanto, me pa¬ 
recería un abuso aceptarlo así nada más. 

—Pues esta es una buena excusa para entablar una gran 
amistad. Que la pasión por los libros nos una aún más. Senci¬ 
llamente disfrútalo y no digas nada. 

Me sirve la taza, se arrellana en una especie de canapé 
entrecruzando las piernas y comienza a escrutarme con natu¬ 
ralidad mientras sorbo la manzanilla con un poco de recelo. 

—Tu casa es pequeña aunque acogedora. Uno llega a 
sentirse cómodo aquí, (miento), entre tanto libro, planta y re¬ 
tratos de poetas. 

—¿Y entonces acerca de qué versa tu escritura mi letrado 
aliado? 

—Bueno esgrimo escaramuzas de versos y relatos sin ma¬ 
yor expectativa ni relevancia. 

—¿Sin relevancia? Precisamente, cada componente de 
una obra literaria es relevante para determinar su calidad. Me 
gustaría leer al menos algo de toda esa maquinaria tuya que 
llamas irrelevante; desde luego, si me lo permitieses. Podrían 
serte de utilidad algunas apreciaciones de ávido lector que 
compartiría contigo. ¿Qué te parece? 

“Bueno, por pura casualidad aquí vengo, sin pretender 
nada, con algunos textitos” y le cedo, ahora pudoroso, un fajo 
de páginas. 

“¡Ah, pero fantástico! Prometo leerlos luego y mañana 
mismo te daré mi impresión acerca de ellos si te interesa” 
toma los manuscritos y los acomoda en un estante junto a un 
busto pequeño de Cervantes. 

Sobreponiéndome a mi injustificado recelo me he anima¬ 
do, transcurridos unos días, a volver a visitarle para conocer 
fundamentalmente su impresión acerca de mi trabajo. 


30 


| W. Darío Amaral | 


Esta vez me ha recibido peinado, risueño y bien vestido. 
Ha roto el letargo de un obeso gato persa echado en el sillón 
para que me sentase. Me ha agasajado con un café impor¬ 
tado hecho en máquina y, tal como lo preveía, refutado con 
severidad mi lánguida poesía. He aprobado absolutamente su 
mecenazgo y desaprobado, en parte, su intransigencia: 

—¿Y qué tal mis textos? ¿Te parecieron muy malos? 

—Mira, no los creo decisivamente malos sino desborda¬ 
dos de eslóganes o lemas estériles mi hermano. Por lo pronto 
te sugeriría, si tu intención es la de escribir lo que se dice en 
serio, que mediaras entre la literatura que quieres alcanzar y 
tu ego que te obstruye en el proceso creativo. Pero lo alenta¬ 
dor de todo este experimento es que talento tienes. En alguna 
parte, en el interior de la roca, yace una gema, pero a ella 
llegarás únicamente mediante la buena lectura y un trabajo 
perseverante para encontrar tu estilo, tu voz... 

—Bueno, algo es algo entonces. ¿No? 

—Pues sí. Y sin pretender ser presumido, aquí te apar¬ 
té algunos libros indispensables que, además de dignificar 
tus días, te servirán en tu formación: La Divina Comedia de 
Alighieri; Moby Dick de Melville; Clises de Joyce; Paradiso de 
Lezama Lima y por último, y de momento hasta que los leas 
y me los devuelvas para prestarte cinco más, dos de los siete 
tomos de En busca del tiempo perdido de Proust... ¿Qué te 
parece? 

—Es estupendo, agradezco tu dedicación hacia mí. Quizá 
hasta valga el esfuerzo. 

—Si lo hago es porque precisamente tengo la inequívoca 
certeza de que si encauzas como se requiere tu registro de es¬ 
critura, consigas algo más provechoso que sucucharlos en la 
oscuridad de un hermético cajón... 

Entonces sonrío, él replica con otra sonrisa pero a conti¬ 
nuación se pone nervioso y por poco se le escurre sobre mí su 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


31 


taza de porcelana inglesa que al final la hace añicos luego de 
haberla vaciado. Me inclino a ayudarle con el desparramo de 
esquirlas blancas, pero ni bien intenta besarme una mejilla le 
aparto con fuerza. Cae sentado sobre la alfombra, vitupera y 
se incorpora colérico para abrir la puerta y echarme a empu¬ 
jones a la calle que huele a lluvia. 

Me marcho caminando bajo el aguacero por la avenida 
Burgués y escucho tras mis pasos el fragor de una puerta que 
con demora se cierra. Avanzo empapado algunos metros has¬ 
ta que tropiezo con una baldosa suelta de la acera, me voy 
de bruces y en un santiamén mis poemas se me fugan de las 
manos y me despido de ellos para siempre; las aguas turbu¬ 
lentas de la calzada se ocupan del resto y una dilatada boca 
de tormenta los devora como a Jonás. Me incorporo, efectúo 
un último intento y consigo a duras penas rescatar una página 
toda lánguida por el agua... 

La encontré allí sin buscarle y porque llovía torrencial¬ 
mente; 

la vida es, a fin de cuentas, una encrucijada de atajos y 
ladeos. 

Tiempo después reintegro a la biblioteca La muerte de 
Narciso de Lezama Lima y en una distracción del bibliote¬ 
cario me tumbo El color del verano de Reinaldo Arenas; me 
formo mayéutica-retóricamente y, en cierto punto, estoy en¬ 
tretejiendo una soledad que sobrellevo sin excesiva jactancia; 
tampoco me jacto lo sé de sobra, como a su tiempo lo supo 
Bolaño, acerca de esa novela juagira que no tendrá cómo re¬ 
gresar a su antiguo estante oficial. Con ella ya son nueve las 
novelas perpetuadas a mi autoría. 

Me disponía a iniciar su lectura cuando llaman a la puer¬ 
ta. Abro. Allí de pie sosteniendo una pila de libros, firme y frío 
como un iceberg, esta Maciel; como un iceberg que evidencia 
lo ínfimo y reserva bajo un velo de misterio lo descomunal 


32 


| W. Darío Amaral | 


para un tiempo y espacio acaso más pertinente o también más 
nefasto. 

—¿Puedo pasar? —aclara compungido. 

—¿Aún tienes más por decir? 

"Sólo vine a disculparme...y también a traerte los libros 
que no te llevaste” ensaya un mueca de gracia y los posa en 
mi mano. Sin aguardar una réplica se voltea, da unos pasos 
extraviados por la vereda, parece bendecir con una mirada la 
amarillenta luna llena que le hace de cómplice. 

A unos metros se detiene en seco y al voltearse expone 
el rastro brilloso de algunas lágrimas recién rodadas por sus 
mejillas: “¡Discúlpame Darío! De andar entre tanto cretino 
todos los santos días a uno se le dificulta en los momentos 
más necesarios diferenciar con claridad a aquellos que valen 
la pena. ¿Podemos seguir siendo amigos?” 

—Si te parece y dispones de un tiempito, el fin de semana 
te acerco un material sobre el que ando borroneando para que 
lo explores y, de seguro, me aconsejes sobre él. 

Despierto y, desde mi lecho, tomo un libro de la pila sobre 
mi mesa de luz del que Maciel no había mencionado palabra 
ni menos recomendado, pero que deliberadamente parecía en¬ 
contrarse en la cúspide de la pila con su portada hacia abajo. 

Se titulaba Blues del último lumpen indiscreto o Mani¬ 
fiesto de la desnudez oriental. 

Una de sus páginas estaba señalada con un trébol de cua¬ 
tro hojas recientemente arrancado. 

En aquel instante tuve la impresión, (asaz vivida), de lle¬ 
gar hasta ella como si llegase hasta la entrada misma de un 
laberinto cretense del que ya había tenido noticias referidas a 
su atroz circularidad. 

Abro la página y hojeo entonces el nombre del poema de 
la página marcada: 

“Aquí (sobre) vivió también otro Reinaldo Arenas”. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


33 


Un frío súbito me recorre la espalda y asciende hasta la 
nuca. Continúo leyendo: 

“Tu y yo estamos condenados” advierte con cadencia de 
gong Maciel Reyes y escruta de paso una página de algunos de 
los volúmenes, (posiblemente El palacio de las blanquísimas 
mofetas), de Reinaldo Arenas... 


34 


| W. Darío Amaral | 


LUMPEN ORIENTAL 


“Soy un lumpen de platino fino. Otro espécimen de dia¬ 
blo de Tasmania crispado ante las circunstancias adyacentes, 
nada peor ni más ideal que ello...” sentencia postumamen¬ 
te Gustavo Escanlar. Ayer en la mañana convencí a mi mujer 
Mirta embarazada y a su hermana Laura para que me acom¬ 
pañasen hasta los escalones de la entrada del Cementerio del 
Buceo en Montevideo. Allí no había jazmines de por medio ni 
creo que al “Gordo” Escanlar le hubiesen hecho falta ahora 
que no está entre los que aún respiran, sudan, sonríen, mien¬ 
ten, defecan, cogen y lloran. Permanecí durante algunos minu¬ 
tos de pie con su “Grandes éxitos, un cuento y una despedida” 
en mi mano frente a su tumba aguardando a que en algún 
intersticio de epifanía sobrenatural Gustavo quebrase, desde 
el claustro interior, con un puntapié certero la tapa de mármol 
que lo retenía. Nada de eso sucedió y cuando al fin el cielo se 
encapotó por completo, oscureciendo los nichos, cruces, án¬ 
geles y coronas decidí marcharme y dejar descansar en paz a 
Gustavo. 

—¿Ya está? ¿Lo encontraste? 

Sí, digamos que seguía donde lo dejaron y mientras en¬ 
ciendo el vehículo pienso “sí, ya está, está todo fregado real¬ 
mente”; o al menos por este paisito, colonia de la ramplonería 
y parasitado por chantas y fantoches de poca monta. Uruguay 
no dejó nunca de asemejarse a una Suiza, es cierto, pero una 
Suiza del Congo Belga, vulnerado, en un catártico acto que 
incluye la retrospección, por una abrasiva grey, (pongamos 
el Estado), que con creces persiste en mantener aceitados los 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


35 


punzantes engranajes de una maquinaria que sostiene o carga 
el fardo de medio país de empleados públicos, pasivos y jubi¬ 
lados muertos de hambre, vendedores de garrapiñadas, hurga¬ 
dores e indigentes sin empleo o “acomodacoches” que vienen 
a pertenecer casi al mismo género. Seudoartistas dramáti¬ 
cos, literatos, musicólogos, paisajistas con spray... pathos- 
gregarios por doquier y también de aquellos otros “artistas” 
consagrados con excelsas cuentas bancarias que sesionan y 
derogan leyes arrellanados hasta quedarse adormilados con 
sus mondongos en los amohinados sillones del parlamento, 
soñando prioritariamente perfidias con aquella acompañante 
escort pelirroja que le recomendó en el lavabo el opositor del 
partido durante el intervalo del debate por la aprobación de 
otro nuevo y vano plebiscito por la baja de imputabilidad. 
Una pandilla pedestre de leguleyos profesionales adoctrinados 
en la más profesional demagogia. Docentes, policías y médi¬ 
cos infravalorados y peores remunerados. Bienvenido, me dijo 
con soberana razón Escanlar, a la caca de mosca por sobre el 
vidrio resquebrajado y sucio de Latinoamérica. Bienvenidos 
amiguitos, digo yo, al país de las mil manifiestas facultades y 
oportunidades de emigrar, abandonar y huir sin echar la más 
pía mirada hacia atrás; no sea que te acontezca lo que a la mu¬ 
jer de Lot ya en las postrimerías de Sodoma... El neouruguayo 
del mañana coyunturalmente se asemeje más a algún extranje¬ 
ro reticente en reconocerse en el extremo inferior de las ramas 
de una genealogía charrúa o aún criolla que a la postre impug¬ 
nará, (tocándole fuego si existiese estampada sobre un papel), 
en la primera oportunidad que se le presente; no obstante lo 
hará oponiendo resistencia a la pronunciada tendencia a to¬ 
marse demasiado en serio a sí mismo y muy poco en serio 
a su ocupación habitual cualquiera sea esta, bogará por re¬ 
presentarse de alguna manera más como un “personaje” que 
como mera persona. Alegará desconocer, (ni pretender cono- 


36 


| W. Darío Amaral | 


cer a futuro), tradición alguna que incluya apologías de luchas 
ecuestres de divisas partidistas fundadas en una universidad 
que promueve y se sustenta sobre los intereses mezquinos de 
algunos pocos anónimos resucitados a los que el populacho 
envistió “en sentimiento espontáneo” de bravos caudillos o 
proceres a falta de una charada criolla más pertinente y me¬ 
nos tajante... Desconocerá infusiones herbáceas humeantes 
servidas en cuyas de nativos erradicados como peste; domas 
equinas, yerras u otras juderías mestizas; sanguíneas,(cuando 
no sanguinarias), disputas futboleras; drogas legitimadas por 
ganapanes mandatarios de paso; inacabables incursiones car¬ 
navalescas o candomberas...“uruguayadas” por doquier... 

El neouruguayo será por sobre todas las cosas, un lum- 
pen trasterrado sí, embestido de un desamparo tan indómito 
como la noche que lo doblegará hasta diluirlo en el reflejo 
imperturbable de un exótico mar egeo. Y allí, en el azogue 
de la ribera, sin pampero, sin cruceras que se mordisqueen su 
propia cola, sin octavas ni lanza de tacuara a la que aferrase, 
ha de fenecer tan leve como un adagio, sin que nada, nadie y 
ninguno le rememore quien pudo haber llegado a ser en otras 
lejanas latitudes y calzando un par de zapatos de otra talla y 
suela. A fin de cuentas, cada individuo es, tras un acicate de 
gracia, también un himno destruido. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


37 



EL OJO AL LINAL DEL POZO 


(Ante el pozo)—“Se pronuncia cuáchara” explica San¬ 
dro Limo Ore de pie ante su biblioteca ecléctica, aunque a 
él mismo un apellido como “Lima” le hubiese sentado mejor, 
puesto que era peruano. No recuerdo cuando me masturbé 
por última vez, (aunque la broma sentencia que “uno tampo¬ 
co se masturba por última vez a no ser que haya alcanzado el 
punto fiambre-flácido”); y aunque mi cerebro se pliega y des¬ 
pliega como una persiana isleña sacudida por el viento de una 
tempestad verdaderamente “Verneana”, más me convendría 
fugarme, en este instante, de este texto; aunque haré, fiel a mi 
“visceralismo”, efectivamente lo opuesto. Incitaré de reojo a 
la memoria que es, para ciertas profundidades, o cuando le 
conviene, corrosiva hasta el tuétano: 

Pues cuáchara denota amistad, pero cuátara una gran 
amistad, como una hermandad. Y porque eres mi cuátara no 
tengo escozor en decírtelo: no poseo dotes de fileno pero al¬ 
guna noche cancerbera en la que densas columnas de humo 
a opio o a marihuana se han elevado como una cordillera y 
nuestros brazos y hombros embadurnados en aceites y sudo¬ 
res infernales relucían a la luz de un neón de oprobio, he con¬ 
seguido vislumbrarlo impunemente. 

(Descubre la tapa)—Así como nadie debería ser pro¬ 
cesado por hurtar flores o libros, tampoco debiera dejar de 
fiarse de la cordura emulsionada en el discurso de un “falopa- 
lumpen” como yo, únicamente por ser yo. Abandona su lecho 
furtivamente, de noche, cuando su familia duerme en la can¬ 
didez de una alcoba que ha empezado a detestar hace meses 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


39 


interminables, ya insalvables. Termina de acordonar las botas 
en el asiento trasero de un taxi de cuyo chofer confunde con 
tan ininteligible destino. Finalmente aparca en el límite, en el 
remoto escondrijo de la nada; apenas una luciérnaga serpen¬ 
teando en la oscuridad, como una bombita de luz a punto de 
fundirse, y de hecho, cuando se encamina hacia ella guiado 
por un instinto bovino, humea y se oscurece, pero ya se en¬ 
cuentra allí de pie. Todavía cavila y decide abrir la puerta roja 
sin llamar. Penetra al delicioso espanto en la misma forma que 
un gusano a la carroña a la que no puede, ni debe, dejar de 
pertenecer, de rebrotar. Este es su karma, su limbo personal; él 
es buenamente una especie de alter ego de un querubín ham¬ 
briento y depravado perdido una noche cualquiera de febrero. 

(Inicia el descenso)— “Good nigth, my friend”; se dirige 
de pasada al robusto portero que es negro e inmigrante ilegal 
y que nunca acostumbra a replicar saludos. 

“Tinto de mierda, en su caso particular bien debiera ser 
un pleonasmo”, impreca para sí en tanto las cortinas de sa¬ 
tén rojo parecen las avivadas llamas de un infierno flameando 
por el extenso corredor entre las emisiones de ventiladores, 
gemidos ininteligibles de dolor y placer y chasquidos de pal¬ 
madas secas o latigazos en nalgas y lomos, pedos fugados tras 
dilataciones anales y penetraciones taladrantes sostenidas por 
emulsionantes aceitosos. 

“¡Bienvenido a casa amigo Darío! Llegué a asociar tu 
ausencia con un cáncer repentino y su excusable suicidio”. 
Isabel, lo toma con el brazo que no ocupa su bastón y avanzan 
cansinos por el pasillo. “Es verano, entenderás que ese es el 
verdadero motivo de que haya desaparecido todas las puertas 
y dispuesto el vistoso cortinado”. 

Tras la primera cortina, una pelirroja con un atuendo 
de Virgen María, a la que le han quitado una peluca rubia, 
previsiblemente practica con ávida concentración una felatio 


40 


| W. Darío Amaral | 


a un octogenario calvo que, casi yaciente, le implora desde 
el catre que se detenga o sé dé prisa porque le parece que no 
le es suficiente la ventilación para airear sus congestionados 
pulmones. Posa una mano venosa y raquítica en la vacilante 
nuca, la mujer emite dos o tres glup, glup, se atraganta con 
su miembro mustio y, cuando menos se esperaba, lo desliza 
milímetro a milímetro fuera de los carnosos labios pintados, 
relucientes por la saliva entremezclada con esperma. “Ese Don 
Abelardo. Cualquiera de estas jornadas lo perdemos en un 
“hay”. Y entonces ya me verás por enésima vez rodeada de 
clientes y exclientes uniformados tomándome sobriamente 
otra declaración judicial como si nunca me hubiesen visto 
cobrarles o mamárselas. Montonera de putos. Putos azules, 
botones, bisexuales, reprimidos, sometidos todos por sus es¬ 
posas, maricones con pistolas de fierro y placas de ojalata. 
Mira lo que son las cosas...Papá fue policía, mi madre lo en¬ 
gañó toda su vida con sus superiores y sus dos únicas hijas 
terminaron de meretrices.” “¡Bárbaro resumen Isabel! Mejor 
no indagar más.” 

La segunda cortina, deshilachada, rasgada y apenas sos¬ 
tenida. Del otro lado se aprecia a un tipo albino siendo sodo- 
mizado por un bien dotado y fornido moreno. A los pies de 
la cama, echado sobre las ropas personales, un pastor alemán 
lame beneplácitamente sin cesar la vaselina que el negro cho¬ 
rrea y hace correr con sus embates desde el lampiño y casi 
femíneo culo del albino hasta el tobillo izquierdo de este. 

“¡Más adentro! ¡Castiga mi esclavo! ¡Vamos, castiga sin 
temor!” 

“ Do-re-mi-fa-sol-la-si-dooooooooo... ”. 

La cortina que sigue se muestra reluciente, incólume pa¬ 
rece flamear desencajada en el ámbito obsceno. Desde la pieza 
se perciben gemidos apagados, como sofocados por alguna 
mano pero acompasados por un vertiginoso trac-trac-trac de 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


41 


los resortes del castigado catre que soporta vaya uno a saber 
la excitación coital de una pareja que Isabel tampoco revela 
ni explicita como en las anteriores habitaciones: “No querrás 
saber los pormenores tras una de las mejores cortinas”. “No, 
por supuesto que no. Dejémoslo así.” 

Sujetos, asidos a la cuarta cortina, con medio cuerpo de 
afuera dos esperpentos adiposos con cuerpo de mujer se de¬ 
moran en entretejer sus lenguas de iguana y los veinte tentᬠ
culos que poseen por dedos en una lasciva danza que remite 
sin esfuerzo a ciertas reminiscencias de un aquelarre hierático 
perteneciente a una oscura genealogía druida. Entre los ama¬ 
rillentos y velludos senos de los que gotean gruesas gotas de 
calostro se asoma perverso e infame un carnero amarronado 
de pérfidos ojos; ¿Belcebú en “persona”? Como sea, el con¬ 
sentido animal no para de relamerse de placer, extasiado y 
sobado a más no poder, pringado por inverosímiles fluidos 
corporales que afloran y deslizan y que el cabrío demonio no 
evita sorber para saciar una sed inadmisible. 

(El ojo al final “...no es ojo porque tú lo veas; es ojo por¬ 
que te ve.”)— Sin duda la última cortina, (plisada), deparaba 
la cumbre, el corolario de esta cosmogonía de la perversidad 
y la misantropía. “Do-re-mi-fa-sol-la-si-dooooooooo...” En 
lugar del colchón, recostada como una mariposa sobre una 
parrilla herrumbrada, vemos una cruz de madera labrada a 
fino cincel y reposando en ella una virgen de unos once o tal 
vez doce años. Se encuentra amarrada de pies y manos, des¬ 
nuda, con una corona de pequeñas florecillas blancas y em¬ 
badurnada en miel. Entonces Isabel palmea mi hombro con¬ 
descendientemente al tiempo que saca y me pasa un frasco de 
vidrio abarrotado de voraces hormigas rojas. Y, como en una 
armónica melodía, antes de marcharse con su báculo, reitera: 
“¡Bienvenido a casa querido Darío! 

Ingreso a la habitación, alumbrada con gruesas velas, con 


42 


| W. Darío Amaral | 


el frasco en las manos. La chica que es rubia abre de pronto 
sus enormes ojos azules. Veo que tiembla y se le anegan los 
ojos. Cierro la cortina a mi espalda... 

Sandro Limo, mi cuátara, regresa su libro de poesía al 
anaquel más alto de su biblioteca. Luego me sirve un té de 
manzanilla en una taza de porcelana azulina de Sévres con 
tostadas y margarina, sorbemos la infusión con parsimonia y 
en silencio, como dos aqueos ñoños. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


43 



EL PEROL DE LAS LENGUAS BECERRAS 


La mandragora crujió vivaz en el fuentón de lapacho jus¬ 
to cuando al bataraz le crujían las vértebras entre los bellacos 
dedos de la longeva hechicera. La misántropa lobreguez se 
vidriaba con el humo en aquel ahuecado tronco de formidable 
secuoya y entonces el infeliz gallináceo burbujeó en la lava del 
rojizo perol. Una gota salobre reluce ahora al resplandor del 
fogón y se despeña por el corvo narizón de la dama infernal 
hasta arremeter fatalmente contra una verruga gris que la des¬ 
hace como la ola que da en la roca. Bruja, bruja, bruja, bruja, 
bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja; 

resuellan las crías de arañas desde sus alambres y en un 
santiamén se confunden en las fauces de su madre temerosa 
de que la loa suene más a denuesto bajo el anaquel de los 
frascos de aguachirle y brebajes; igual cumplido dispensa el 
ennegrecido cuervo 

para con la filicida tarántula, aunque tarda menos en 
posarse con su buche hinchado de hormigas y de gusanos 
vivos junto a la hechicera. Los bellacos dedos no tardan en 
escrutar en la biblioteca un enigmático, alucinante y celado 
grimorio a su alcance: El Necronomicon, el Libro de Thoty, 
el de Dzyan y Voynich, La Aradla de Leland, El Culto Diá- 
dico de Murray , el Libro de las Sombras, El Dios Cornudo, 
un tomo de los ocho Sabbats, Las Wiccas de Anargos... y 
asimismo ninguno de ellos facilita un atajo eficaz para su 
luzbélica composición. 

Alza a la luna roja sus dantescos ojos recubiertos de ve¬ 
nas índigas y un alarido que doblega a las espigas y crispa a 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


45 


las salamandras rastreras que muían de color y a cuanta rana 
y escarabajo enlodados sobrecoge. 

Se apersona a quien, en la comarca, apodan “Semonel”, 
el tullido y chamuscado enano centinela del pantano: “Dos 
lenguas sangrantes de becerras tibias me has de traer”, señala 
con barroca petulancia la bruja; el liliputiense destella enton¬ 
ces su daga rasgándola en la lisura de una piedra, y ya sin piar 
sale al fango y a la noche cerrada tal cual surgió sin invoca¬ 
ción alguna. 

El perol no da a vasto, su estado insulso parece no resistir 
el hervor sin sus lenguas, tampoco la hechicera, que exhala la 
agrura de su hálito por la ciénaga y no consiente su propio 
caudal de sangre esparcido como otras veces por cada recodo 
vital de su execrable alma parida desde el orbe de una boñiga 
descompuesta. 

Boñiga, boñiga, boñiga, boñiga, boñiga, boñiga. 

Las sanguijuelas se adhieren y desangran las pantorrillas 
de Semonel, a quien parecen reconocer igual por fiero que por 
desleal, a quien parecen aborrecer por pederasta perverso, por 
más que los mortales comunes le teman por improvisado an¬ 
tropófago, incluso le compadezcan, sobre todo, por descono¬ 
cerse a sí mismo en lo intersticios de su saña incurable. 

Cuando crío, se supo, conoció de cerca la recreación las¬ 
civa de su progenitor de quien fue sátiro como devoto dis¬ 
cípulo; instruido con minuciosa pericia en los sabores de la 
carne vejada, la carne sobada, la carne magullada, la carne 
sin sangre, la carne tierna, la carne inocente crispada, la carne 
horrorizada... 

Semonel abandona el pantano y al atardecer da de lleno 
con un patio desguarnecido donde en un vergel la brisa balan¬ 
cea una rosácea hamaca solitaria, rosácea como las flores del 
jardín de junto en el que la párvula desidia ha abandonado 
una muñeca de paño blanco que resulta toda una beldad. 


46 


| W. Darío Amaral | 


Las uñas de Semonel la sostienen y no duda en poseerla 
allí mismo y desmembrarla finalmente con sus raídos colmillos 
de vieja hiena; calmo se promete a continuación una atención 
semejante para con su rosácea dueña quien, en un santiamén, 
ensayadas algunas crispaciones y gimoteos impotentes provee 
la primer lengua sangrante de becerra. 

Los relámpagos que coronan la noche martirizan al lus¬ 
troso cuervo que, desde el ramal del vergel, ha asistido al san¬ 
guinario prodigio para retornar, en un vuelo raso, al ahuecado 
tronco de secuoya en donde, con percatarse de su visita, la 
bruja da por consumada la mitad de su empresa. La tierna len¬ 
gua arriba desgarrada y tibia para crepitar primero y fundirse 
luego dentro del vivo perol que parece complacido y trepida 
como un dragón que fragua su ardiente descarga. 

Más allá, a distancia del pantano, la segunda lengua osci¬ 
la relamiendo otro humeante caldo que, aunque de verduras, 
entre los labios de su poseedor, pareciese no rehuir 

a su protagónica e intrincada suerte, una que pronto 
claudicará su destello a pompa. 

“Incubo, Súcubo, Golem, Daimon, asístanme todos, am¬ 
párenme todos, síganme todos”, la invocación resonó en la 
amplia secuoya y en la pared de madera anudada la sombra 
de “Wicca” se contorsionaba obscenamente en el preámbulo 
de una misa negra envuelta en humo y niebla... 

¿A qué abusar de los raídos colmillos, ellos no podrían 
concebir del hondo labio que la templada daga puede sonsa¬ 
car por sobre la carne de quien circule? cavila por un instante 
Semonel y, resuelto, descubre el reluciente acero de su vaina 
de piel pagana y se encarama a las rosas de un gótico balcón. 

No hay tardanza, no hay contemplación, mucho menos 
clemencia para aquellos dos amantes que crispados y sudo¬ 
rosos tras el éxtasis carnal, sobre un lecho con sábanas de 
satín que reflejan los rayos lunares que traspasan al ventanal 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


47 


abierto, se ven ahora envueltos en la urdimbre del bailoteo de 
la hoja sedienta del cuchillo de Semonel 

que peregrina incisivamente sobre su lomos. 

Uno, cinco, diez...cien labios son abiertos ahora bajo 
aquel equinoccio y salpican y bañan e inundan la arabesca e 
infernal alcoba hasta que el sosiego y la quietud se instalan de 
manera preternatural. 

En esta versión purgatoria el lustroso cuervo no ha asisti¬ 
do más que al conjunto de alaridos arrancados postumamente 
desde el interior de la finca, al otro lado del balcón y del rosal. 
El rojizo y risueño rostro de la hechicera acoge una vez más al 
enano exhausto escoltado por la oscura ave que parece haber¬ 
se beneficiado con la sobrante lengua 

y puede apreciarse cómo algunas gotitas de sangre aún le 
gotean del pico. 

“Has de ofrendarme la postuma lengua y, en cumpli¬ 
miento, se te retribuirá indefectiblemente, hasta el ocaso de 
tus atrocidades, la libertad que no tienes” arguye la bruja ex¬ 
tendiendo su prominente extremidad escuálida más semejante 
a la zarpa de un destartalado espantapájaros. 

Bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bru¬ 
ja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, 
bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja, bruja. 

Luego de celebrada la misa negra; tras el equinoccio pri¬ 
maveral; 

luego de que el perol se resquebrajase y fundiese con sus 
lenguas; 

tras que la secuoya cobrase fuego desde su mismísima 

raíz 

hasta la copa de la que el cuervo despegó para no retor¬ 
nar jamás ; 

luego de que los campesinos descubriesen las cenizas de 
la bruja 


| W. Darío Amaral | 


rellenando su maloliente ropaje profano; 
luego de que la lluvia portentosa asediara sobre el pan¬ 
tano 

y la inundación no dejase, como en solemne purificación, 
nada por arrasar hasta las inconmensurables fauces del 

mar; 

apenas un rumor sobrevivió y levantó por la comarca, 
un rumor inmoral y tímido en un principio vuelto, luego 
de un tiempo, una temible máxima:“teman a Dios, principio 
de todo gran conocimiento, 

teman al desterrado Lucifer, génesis de la iniquidad cir¬ 
cundante; 

pero no subestimen, entre uno y otro, 
la sutil ductilidad de sus húmedas y rosáceas lenguas be¬ 
cerras...” 

Por esta vez, que no nos condenen las palabras. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


49 



JHONNY MELGAREJO Y EL VIEJO CARCELERO 


¿Hacia qué meta corremos olvidando nuestra alma? 

Marcel Proust 

Ahora, a pesar de los relámpagos, truenos y lluvia au¬ 
tumnal, calma chicha. Cafeína en exceso lo despabila y agudi¬ 
za la artritis como un alambre de púas surcándole los huesos 
blancos, agrietados y resbalosos. El palpitar de su corazón 
sincronizado con el polvoriento y apolillado cucú del pasillo. 

—¡Viejo! Ya lo trajeron. 

—¿En cuál celda se aloja?— sin voltearse, únicamente 
sosteniendo la taza de lata y la mirada sobre el calendario del 
96 . 

—Creo que en la once. 

—¿La once? ¿Y entonces que fue de Sergio? ¿Lo traslada¬ 
ron o volvió a fugarse? 

—No viejo, ahora le dio por degollarse con el improvisa¬ 
do filo de una cuchara sopera. La mantuvo oculta en su recto, 
que también sangraba, durante la última requisa de su última 
tarde. 

El viejo guardia saliva un gargajo en la taza, se incorpora 
y camina rengueando sobre adoquines humedecidos por las 
goteras; cree que le vendría bien un báculo. Abre, descorre reja 
tras reja y una lamparilla cubierta de telas de araña revienta y 
humea al igual que un fusil vivo. 

—¡La puta que te parió!¡ Mugrosa bombita del demonio! 

—¿Y con esa misma boquita ingiere bayas dulces abue- 

lito? 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


51 


Ahora la nueva bestia de la once le sonríe desde su catre 
desvencijado mientras se frica en ondulaciones el prepucio. El 
glande le resplandece allí mismo como una gema roja. 

—Me hablaron de vos. ¿Sabés? 

—¿En serio? Cosas dulces espero. 

—Sí. Me advirtieron de tu ponzoña. 

—Ja, ja, ja. Al igual que una arañita ¿no te parece? 

—Descuartizaste a una inocente de cuatro años Jhonny; 
yo diría que actuaste al igual que una hiena descocada. 

—Bueno veo que no has dejado de aplicarte a tu tarea 

abuelito. ¡Hay! ¡Shhh_! ¿Y también te explicaron cómo obré 

en ella después de enfriársele los miembritos dispersos por el 
colchón? Me acabé en cuanta abertura descubrí y en muchas 
otras que improvisé con su carne también. Orgasmo tras or¬ 
gasmo... Imagínate, una verdadera locura vejete. 

—Y aún continúas divirtiéndote en grande ¿No es ver¬ 
dad pequeño—gran Jhonny? 

—Ja, ja. Dirás que exagero, pero comienzas hasta caerme 
simpático “arruguitas”. Es cierto, apenas estoy empezando mi 
“big party”. 

—Y ya que siempre reservas una ingeniosa respuesta 
para todo, pequeño-gran Jhonny déjame que te haga una sim¬ 
ple pregunta: ¿sabes lo que es una dilatación? 

—¿Disculpa? No entiendo a qué te refieres. 

—Sí. Una maravillosa dilatación pequeño—gran Jhonny, 
como esas que se consiguen apreciar en los partos de trillizos 
o incluso en algunas pornos baratas en las que todo mundo se 
embadurna de lubricantes. 

—Me parece haber escuchado el término, pero no sé por 
qué yo lo asocio con algo que tiene que ver más bien con los 
ojos o la mirada. 

—¡Ja! ¡Sabía que no me defraudarías Jhonny! ¡Te acer¬ 
caste bastante! —celebra con un espontáneo aplauso el carce- 


52 


| W. Darío Amaral | 


lero. Y el recluso lo imita con precisión triunfal. 

—Bueno, permítemelo explicártelo pequeño-gran Jhon- 
ny. En el momento justo de nuestro nacimiento la sabia na¬ 
turaleza ensancha el canal de parto de nuestra sagrada madre 
para que podamos atravesarlo, abandonar su vientre y dilatar 
al unísono nuestras pupilas ante la luz que da por vez primera 
en nuestro rostro crispado de incertidumbre y horror. 

Muy interesante e instructivo vejete interrumpe. ¿Y qué 
con eso? 

—Aguarda Jhonny. Aún está por venir lo mejor de la di¬ 
sertación. Escucha esto porque resulta ser lo más importante 
de todo cuánto he tratado de explicarte, y además te ayudará 
a comprender el mecanismo y funcionamiento de la tercera 
ley de Newton. 

—Pfff... Empezaste bien pero ahora me parece que te 
desmadraste como el mejor anciano. 

—No, no. Al contrario pequeño-gran Jhonny. Supongo 
que debes haber escuchado del físico británico Isaac Newton. 

—Por supuesto viejo, puedo ser un criminal, pero no un 
ignorante cabeza de calabaza ahuecada. 

—De acuerdo. Entonces has de conocer la tercera ley de 
Newton. 

—Pues fíjate que no me la sé. ¿De qué se trata toda esta 
pantomima vejestorio absurdo? ¿Acaso intentas tomarme el 
pelo o estás caliente conmigo? ¿Te excita escuchar de lo que 
puedo llegar a hacer cuando me alzo? Ja. 

—No pequeño Jhonny. Nada de eso. En realidad, te estoy 
brindando mi humildísima asistencia. 

—¿De qué asistencia me hablas? Creo no necesitar de tu 
asistencia para nada. Me sé valer solo, créeme anciano impo¬ 
tente. 

—Sí te creo Jhonny. Pero si te fijaras mejor, si pudieses 
captar las cosas con más minuciosidad te darías cuenta que 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


53 


lo único que he pretendido desde que me acerqué a ti es pre¬ 
venirte de la banalidad del hombre ante la inescrupulosidad 
de la fuerzas de la naturaleza, en este caso, precisamente de la 
grandilocuencia de la física. 

—¡Vete a la mierda vejestorio inservible! Te diré lo que 
puedes hacer con la grandilocuencia de tu puta física. 

—No hay necesidad de que seamos groseros Jhonny. 
Únicamente, antes de dejarte solito en tu celda, quiero con¬ 
tarte que, si te fijas bien, las dilataciones a que nos hemos 
referido bien pueden ser también una consecuencia evidente 
de la tercera ley de Newton. ¡Hey! Acércate Jhonny, voy a 
decirte un secreto. 

—La ley de Newton —y entonces el prisionero inhala 
por primera vez un hálito ácido en azufre expelido desde la 
boca reseca del carcelero que permanece a centímetros de su 
rostro— la ley de Newton explica resumidamente que para 
cada acción existe siempre una idéntica reacción, y con ello al 
fin te estoy diciendo, mi pequeño-gran Jhonny, que si bien po¬ 
dría ser el abuelo de esa desventurada criatura de cuatro años 
que edulcoró tu barbarie durante la hora que duró su agonía y 
más, no lo soy de ninguna manera. Tampoco me haré cargo de 
tu castigo Jhonny, ni desenfundaré el arma cargada que tengo 
oculta en mi chaqueta. No. Eso sería sumamente previsible, al 
igual que un “cliché” de lo más barato y corriente mi querido 
Jhonny. 

Y recién al escrutar en los huecos negruscos donde debie¬ 
ran estar puestos los globos de sus ojos, el presidiario Jhonny 
Melgarejo, constata la verdadera fatalidad de su circunstan¬ 
cia. 

—Te he reservado el protagonismo de la mejor fiesta- 
“party” de tu vida mi pequeño-gran Jhonny. Y para ello he 
invitado a “Seco” y sus “amiguis” del pabellón de alta segu¬ 
ridad para que apliquen sobre tu despreciable existencia la 


54 


| W. Darío Amaral | 


inescrupulosidad del principio de la tercera ley de Newton. 

Entonces, en un acto de conmiseración desmesurada, el 
viejo carcelero retira la llave maestra de la celda de Jhonny 
Melgarejo, con idéntico sigilo con que anteriormente la retiró 
de los cerrojos de todas las demás, voltea su cuerpo como 
un autómata sobre sus huesos lesionados, escupe un verduzco 
gorgojo y su silbido se distorsiona primero para esfumarse 
luego, bajo la penumbra de las bombitas del corredor quema¬ 
das, entre los desmoralizados alaridos y jadeos de Melgarejo 
que no cesa de ser arremetido impíamente por una invisible 
jauría de hienas voraces que se pechan por no quedarse aparte 
de tamaño festín... 

“¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? 

Poesía...eres tú” —emite alguno de la barbarie. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


55 



AVANT-PREMIERE: 

DIOS A FLOR DE AGUA TURBIA 


Dios + Dios = Cuatrio 
Nicanor Parra 

/unté a dios en la rugosa coronación de una tostada en¬ 
negrecida y crujiente como una rama de acacia seca/ lo sorbí 
edulcorado/ cabizbajo y en silencio/ bulló sin más en el espe¬ 
sor naciente de mi capuchino hasta ascender entre una nube 
de vapor hacia el crepúsculo matutino/ esto me complació y 
asimismo me produjo una volcánica acidez/ 

con el siamés arrellanado y ronroneando sobre mi re¬ 
gazo/ leí de su novedosa hazaña en la sección policiales del 
periódico del día/ esta oportunidad se encaramó en la prolon¬ 
gación del bíceps siniestro de una ama de casa/ que por celos 
castró la infidelidad de su marido con unas poderosas tijeras 
de podar/ 

reconocí a Dios ni bien traspasé la puerta de mi casa en 
el rostro mugroso del indigente que se apartó por un instante 
del mosquerío de su porquería para socorrer a una anciana/ 
una anciana que el taxi que me trajo embistió frente a 
la iglesia al igual que a una palomita/ como era de esperar¬ 
se/ Dios no estaba en el sacerdote que a regañadientes tomó 
mi confesión/ pero si en los parroquianos que sin persignarse 
pedían por que amainasen las turbonadas delictivas copado- 
ras de hogares constituidos/ para que el gobierno de izquierda 
fuese con tacto menos izquierdista/ para que la derecha fuese 
derecha al fin y para que el presidente y el papa claudicasen 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


57 


sin pena/ demagógicamente al unísono/ sin culpa/ sin respon¬ 
der a su verdadera esencia/ 

“padre: soy un monumental fracasado” 

“¿por qué lo afirmas tan categóricamente hijo?”/ 

“ porque no he encontrado el momento oportuno para 
inmolarme”/ 

“¿y eso acaso significa que eres un monumental fracasa¬ 
do?/ 

“no hay duda al respecto padre porque es lo que en ver¬ 
dad merezco”/ 

“si contemplásemos por lo mismo el asunto entonces to¬ 
dos nuestros hijos acabarían desmadrados y despadrados por 
doquier”/ 

conforme/ aunque ahuecado como un carozo que sólo 
zumo reserva/ huí espantado de aquel sitio abominable/pensé 
y repensé en Kant/ 

aún llovía al salir/ caían las gotas sobre los peldaños/ so¬ 
bre mis entrañas más palpitantes y rojizas/ quizá después de 
todo dios no me aborrezca tanto como pienso/ 

no al menos como yo a él/ pues ya me hubiese aplanado 
sin contemplación/ 

sin piedad/ intrínsecamente lo sé/ 

me aplastaría con su imponderable huella descalza/ al 
igual que a una bosta humeante/ 

yo/ por mi parte/ lo movilizaría primero/ luego lo haría 
desovarse con dolor de mi vientre estreñido/ finiquitando el 
proceso hasta dejarlo boyar en la quietud hervida del fondo 
de un retrete/ 

mañana del lunes/ arribo al centro educativo/ a mi aula 
de docente circunspecto/ 

desarraigado/ de haberes reconvenidos/ debiera instruir 
a mis superiores/ 

para que exorcizasen su aura “institucionalizada” o bien 


58 


| W. Darío Amaral | 


desapareciesen de mi vista/ 

que erradicaran al dios que les pondera madrugar/ viajar 
como muías/ postergar a sus hijos/ a su verdadera persona/ 
para regocijarse en el paroxismo de la algoritmia/ 
de la mayéutica y la filogénesis.../ 

un día de temporal invernal vislumbré a este dios bullen- 
te en las bolsas roídas/ folios amarillentos de orín y plásticos 
resquebrajados/ arrastrados entre maderos podridos/ 

hojas secas y verdes separadas de cuajo de sus gajos y 
estos de sus árboles/ 

lo descubrí búhente en una sola baliza/ equilibrando su 
lastre sobre los lomos inertes 

de un centenar de ratas ahogadas que navegaban junto a 
todo lo demás por el Yabebirí inundado/ 

me di de bruces contra el rostro de Dios y del oncólo- 
go adusto que me explora el recto y se explaya acerca de la 
sangre en mi orina como de la metástasis que me apartará 
definitivamente del texto literario y su antagónico producto 
editorial/ 

de mi progenitor dipsómano y sombrío que perecerá/ 
pero siempre después de mí/ 

del sometimiento de mi madre que nunca supo padecerlo 
ni lo sabrá/ 

del traca-traca de la máquina de coser en la que mi mujer 
se afana cada noche sin mesura para contrapesar los gastos 
diarios de nuestra manutención/ 

de bruces contra las teclas silenciosas y desgastadas de 
mi computador/ que han recaído en la elegía de despotricar el 
nombre de este Dios de dioses/ lo mismo que el del padre/ el 
hijo masacrado y su espíritu santo levitando/ 
por los siglos de los siglos/ 

donde los últimos serán los últimos en ese reino de dal- 
tónicos celeste 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


59 



UNA LECTURA DE HÉCTOR BAPTISTA 


“Por lo pronto ensayo, sin ponderar la misantropía, no 
participar de conglomerado humano alguno” reitera. Esparce 
con un escarpín el polvo que embadurna las cubiertas de algu¬ 
nos tomos de segunda mano de Bolaño adquiridos tal vez por 
canje en Mendoza, Buenos Aires o en Montevideo. “En San 
Sebastián de la Pedrera me siento en mi orbe” prosigue. Las 
primeras gotas del verano 2018 revientan y esparcen sobre la 
techumbre de su flamante “cabaña” anclada en el suelo areno¬ 
so en el que se yerguen eucaliptos, acacias, pinos y algún que 
otro transparente en flor. 

“¿Vas a necesitar un poco de la emulsión de cannabis? Te 
va ayudar más que el tilo a someter en algo esos nervios tuyos 
mi amigo” y se arrellana en la hamaca paraguaya artesanal. 
Y yo: “Aunque estoy mejor, la voy llevando como puedo”. 
Bebemos unas maltas heladas enlatadas bajo el frescor del ba¬ 
randal. “¿Cuándo piensas dedicar un ensayo acerca del Tercer 
Reich? Ya es hora de abordarlo.” Y él: “Apenas me aborden la 
inspiración con la voluntad para hacerlo. Es un libro magní¬ 
ficamente oscuro. Cuando me devuelvas La Universidad Des¬ 
conocida es todo tuyo” me advierte dirigiendo la vista a su 
biblioteca manufacturada del interior. 

De una manera casi imperceptible oscurece y platicamos 
de mediocridades y bizarrías ajenas y propias, ¿por qué no? 
De mujeres sonsacadas de la memoria y de algunas otras que 
navegan descalzas y con blusas transparentes salpicadas por 
las crispadas olas de los sueños (pesadillas sórdidas); de erec¬ 
ciones y eyaculaciones autumnales y solitarias sobre azulejos 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


61 


de sanitarios públicos u hospitales; de extensas peregrinacio¬ 
nes o excursiones sin equipaje, sin documentos ni efectivo; de 
animales rescatados y arrollados en las rutas y autopistas fe¬ 
derales; de los gobiernos fariseos y mezquinos que nos asolan 
y degüellan como reces palurdas; de todo cuánto nos provee 
la clandestinidad, (que también es otra forma de libertad); de 
la “poiesis” barroca y de la cubanidad ( por momentos), téc¬ 
nicamente intraducibie de Lezama Lima que a Héctor abstrae 
del sueño y perturba de sobremanera: “El esmero que depo¬ 
sito en abordarlo naufraga ante el fastidio de no alcanzar a 
comprenderlo cabalmente” explica sacudiendo los restos de 
malta de su lata... platicamos más...los premios anodinos de 
concursos literarios más anodinos aún; acerca de los vanos 
envíos de manuscritos a editoriales capitalinas como extran¬ 
jeras y de sus reiterados rechazos condescendientes. “¡Cuánta 
perspicacia emanaba Goytisolo cuando ponderaba la defensa 
del texto literario ante el producto editorial! Al parecer somos 
pocos solventes para el sistema literario capitalista. Dame un 
instante. Voy al baño a evacuar.”Y él: “Ve con Dios”. Llama a 
Keisy, una perra cruza de collie que le acompaña con su cojera 
desde que la rescató del raquitismo y la sarna. El ahora lanoso 
animal se le echa en el regazo como una hija malcriada. 

“¿Te apetece cenar? Tengo un delicioso cebiche del me¬ 
diodía.” Y yo: “Te lo agradezco, pero debo marcharme. ¿Qué 
te parece si vengo por aquí el fin de semana y preparamos algo 
de eso?”. 

Y él: “Me parece una buena idea. El fin de semana enton¬ 
ces mi amigo...”. 

Sin pena ni tampoco gloria alguna, es fin de semana y 
voy a su encuentro. Camino hasta la puerta de vidrio corre¬ 
diza de su “cabaña” y leo la nota adherida al cristal: “Darío, 
excúsame por la eventualidad. Resulta que me telefoneó Gus¬ 
tavo Wojciechowski de la editorial Yaugurú; me anuncia su 


62 


| W. Darío Amaral | 


decisión de publicar mi novela Vuelta de Campana y me envía 
algunos ejemplares de muestra desde Montevideo por enco¬ 
mienda. Tuve que ir a por ellos. Si tu paciencia se sobrepone 
a tus nervios me puedes aguardar un rato. Ponte cómodo en 
la hamaca y no te preocupes por Keisy que ya te reconoce 
bien. De regreso paso por la escollera por algunos pececitos 
para el cebiche y también por el campito de un allegado a 
por unos hongos nutritivos que pienso convertir en ensalada 
o conserva. Podemos, luego, platicar sobre Reinaldo Arenas y 
de su mecenas Lezama Lima... Asunto aparte, cuando gustes 
me hago de un tiempo, pospongo el despacho de libros, y les 
corto el césped a ti y tu mujer...por cierto, Lezama Lima me 
sigue resultando todo un enigma. Gracias hermano.” Héctor 
“Toto” Baptista. 

Sonrío sin sujeción, Keisy me escruta con su hocico y 
parece sonsacar la amenidad guardada tras mi expresión. Me 
arrellano en la hamaca paraguaya de Toto y, en tanto la pe- 
rrita estampa las huellas de sus patas en la arena húmeda al 
perseguir con todo el candor del mundo a una mariposa mul¬ 
ticolor, escucho el bramido del mar con el brío de un Kraken 
a la distancia. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


63 



LOS GATOS HUÉRFANOS 
O UNA TEMPORADA DE FE 


Piensa que tienes un mérito, si te las arreglas solo. 

Se te tendrá en cuenta. 

Cesare Pavese 

Cuando niño, mientras estivaba una pila de troncos de 
eucaliptos trozados a hacha, di con uno en la cabeza de un 
pobre gato blanco que jamás se imaginó acabar de semejante 
forma. Infortunadamente el felino se atravesó tan de improvi¬ 
so que, para cuando me percaté de su presencia, el madero ya 
se había desprendido con fuerza de mis dedos y este avanzó 
cortando el aire hasta impactarlo en la cabeza y fulminarlo. El 
gato efectuó asimismo algunas contorsiones nerviosas, como 
un postrer reflejo y cuando dejó de hacerlo afloró de su hoci¬ 
co una considerable hemorragia de sangre que le embebió el 
pelaje de rojo. El rigor post mortem la abrazó, (era hembra), 
en un santiamén y terminé sepultándola, como quien entierra 
un peluche mojado y pesado, en un campo lindero. Al día si¬ 
guiente, cuando devolvía la pala a mi abuelo, este se encontra¬ 
ba acuclillado ante una caja de cartón de cigarrillos dándole 
leche tibia con una vieja mamila a cuatro crías de gato. Los 
cuatro eran tan blancos como la nieve. 

—¿Y esos gatitos? 

—Los halló tu abuela en la madrugada maullando entre 
sus macetas del jardín. Y aquí los alimento porque me pare¬ 
ce que su madre es una desmadrada que ni bien parirlos los 
abandonó para seguir en celo con otros gatos. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


65 


—¿Qué vas a hacer con ellos? 

—Encontrarles un hogar en donde tengan mejor suerte, 
por supuesto. ¿Quieres uno? 

—Uno no, me los llevo a los cuatro abuelo. 

—¿Seguro? ¿Y si tu madre no los acepta? 

—Los va aceptar al menos por unos días en tanto les en¬ 
cuentro un dueño. Va a resultar más fácil que yo lo haga antes 
que tú abuelo. Tengo varios amigos que pueden ayudarme. 
¿Me dejas intentarlo? 

—Está bien. Llévatelos con caja, mamila y todo. Después 
me informas si tienes éxito. De lo contrario regresa con ellos 
y ya veremos qué resulta. Lo importante es asegurarse que los 
pobrecillos se encuentren en buen estado. 

En efecto, con toda sinceridad de espíritu, en cuanto 
hube asumido el compromiso no tuve más que errar con los 
felinos, (cuyos nombres: Bepo, Sacristán, Proteo y Macedonia 
apelaban a célebres gatos, o mejor, a gatos pertenecientes a 
celebridades), por las casas de mis amigos en un inicio, la es¬ 
cuela y el vecindario más tarde y en un esfuerzo desmesurado 
finalmente lo hice recorriendo unas cuantas calles de la ciudad 
en busca de un par de manos y un corazón piadoso que aco¬ 
giera a aquellos simples gatitos huérfanos. Rechazados tanto 
por conocidos como por desconocidos devolví la caja de car¬ 
tón de cigarrillos a mi abuelo con los mininos dormidos en su 
interior seguramente tan extenuados, (o desmoralizados tal 
vez), como yo. 

—Ahora vete a dormir, has agotado todo cuanto se en¬ 
contraba en tus posibilidades —me dijo abuelo palmeándome 
el hombro. Sin meditarlo, seguí como un autómata su consejo. 
Aquella noche soñé con un multitudinario ejército celta que, 
avanzando en la profundidad de una noche sin luna sobre un 
indefenso y humilde poblado que dormía a orillas de un lejano 
mar, llevaba a cabo el infructífero ejercicio de una masacre sin 


| W. Darío Amaral | 


par. Al atentado sobrevivieron, únicamente, cuatro gatos de 
pelaje color luna que una joven aldeana alcanzó a escabullir 
en el interior de una tinaja húmeda de greda roja. 

No veo más, pues en esta parte del sueño un estruendo 
me despierta al amanecer del día siguiente. Me levanto y dirijo 
a la cocina, descubro a mi madre recogiendo en cuclillas los 
fragmentos de una fuente y trozos de carne esparcidos por el 
piso acabado de trapear. Su rostro no es el esperable ni tam¬ 
poco el mejor. 

Siento haberte despertado así me dice incorporándose. 

—No es nada, ya era hora de que me despertase de todas 
formas. Tengo que ver los gatitos. 

—¡No! ¡No vayas ahora! 

—¿Por qué no? 

Parecía haber estado aguardando esa pregunta como in¬ 
evitable y al mismo tiempo devastadora; acabó por derrum¬ 
barse con un aire de abatimiento en su silla de cardo. 

—No debes ir a donde el abuelo porque fue requerido 
por el régimen y eso es algo tan serio y peligroso que debemos 
respetar los tiempos de resolución de su caso. 

—¿Y abuela? 

— Ella se encuentra bien, ahora para en lo de su hermana 
Gertrudis. En unos días podrás acompañarme a visitarle. ¿Me 
prometes que seguirás lo que te he dicho? 

—Lo prometo. 

Para la tarde ya había atravesado el pórtico de la casa de 
mi abuelo. 

Lo encontré, inesperadamente, arrellanado en su silla de 
siempre, como en un deja vu, 

lo encontré ante una caja de cartón de cigarrillos dándole 
leche tibia con una vieja mamila a dos crías de gato. Los dos 
tan blancos como la nieve. 

Y aunque evidenciaba algunos signos de golpes en el ros- 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


67 


tro le vi apacible, más apacible que nunca, percibí un inconce¬ 
bible dejo de felicidad en aquella nueva gestualidad. 

—¿Qué te ocurrió abuelo? ¿Cuál es la gracia? ¿Por qué 
hay únicamente dos gatitos? ¿Y los otros dos? ¿Estás solo? 

Abuelo dejó de existir al año siguiente de este evento, ful¬ 
minado por un infarto de miocardio. Lo encontró mi madre de¬ 
rrumbado como un viejo y apartado gladiador sobre los narcisos 
y lirios de las macetas hecha pedazos de la abuela, su mano diestra 
apretaba, en lugar de una daga, el mango de una asada. Dos son 
los recuerdos más indelebles que conservo de aquellos días. El pri¬ 
mero una sucesión de imágenes de Abuelo leyéndome La litada al 
resplandor del fuego de una estufa a leña en la que calentábamos 
y recalentábamos el café en vacaciones de invierno, enseñándome 
a sembrar y a cosechar en su huerta, a afeitarme con navaja y es¬ 
pejo, a ejercer la prudencia con los dictadores de turno pero rehu¬ 
yendo a cualquier pusilanimidad de espíritu como forma idónea 
de resistencia. El segundo es su testimonio acerca de su prematura 
y, en definitiva, agraciada liberación. Esta tiene que ver con la de¬ 
tención del abuelo como plausible elemento perturbador o sub¬ 
versivo para el régimen de facto imperante; tiene que ver con una 
“cuidada” golpiza en las instalaciones clandestinas del régimen 
de la que poco se le sonsacó; tiene que ver con la escurridiza y, en 
una buena, picara hijastra del Teniente Sánchez Schiavo que, por 
consentida además, aparece como un inesperado espectro en la 
escena reclamando a viva voz por el cumplimiento de la promesa 
de obsequio de un gato blanco con motivo de sus santos. Tiene 
que ver, por último, del indulto y devolución del abuelo convida, 
del insondable aura que en ese momento lo cubrió de fortuna y 
acabase devolviéndolo a su hogar con los dos gatitos restantes. 
Ya no recuerdo cual de los dos, si Bepo o Macedonia, condujo a 
mamá maullando a través del patio húmedo hasta el rincón de 
las macetas donde yacía, resguardado por el otro felino, Abuelo. 


| W. Darío Amaral | 


PODRÍA SER YO, POR ENCIMA ALGUNA 
DEIDAD, PERO (IMPERATIVAMENTE) ERES TÚ. 


No podría ser este Atlántico ni sus navios de lastre re¬ 
cortados en la lontananza del postrer crepúsculo de abril, con 
sus corrientes cálidas rebosantes de espuma, bordeando esta 
isla hasta el oleaje de la costa azul que sesgan, al colapsar 
cada tormenta, los dionisíacos surfistas extranjeros que diviso 
desde un peñasco monumental del cual dan ganas precipitarse 
para pasar a formar parte del paisaje, aunque más no fuera 
como una mancha bermeja boyando a la deriva, arrastrado 
cual escombro desprendido de un navio hacia la espaciosa 
nada. No he consolidado, hasta la fecha, jornada más ideal 
que aquella. 

Tampoco podría ser, (digamos en un cénit extremo), 
aquella cadena de sierras moteadas de islas de eucaliptos co¬ 
lorados, plantíos de pinos y frutales autóctonos mecidos to¬ 
dos como lunares por las brisas vírgenes del norte que cuando 
mudan hacia el oriente tienden a espantar bandadas negruzcas 
de golondrinas que no hacen más que elevarse y esculpir en 
la altura un rostro, (posiblemente el tuyo), de “querube” bajo 
los esbirros imperturbables de temporada. No ha sido el dios 
de Abrám, ni Júpiter, ni tampoco algún demiurgo caprichoso 
el artífice de semejante retrato viviente... ¿Quién entonces? 

Menos serían los extensos valles recubiertos de violetas 
y tréboles bicolores con cuatro hojas que no arranqué de ado¬ 
lescente para abandonar entre las páginas de un volumen de 
Sarduy; o los vivos rosales entremezclados con las fritilarias 
rosáceas de las cuales beben abejas y algunos escasos colibríes 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


69 


sedientos, pues ellos surgieron de la nada misma ornamenta¬ 
dos por la pérgola de un arco iris que presagia limpidez prós¬ 
pera... en hora buena, los amantes, sudosos y agitados aún, se 
apartan en un símbolo predestinado a cumplir hazañas nobles 
e impías; su humanidad, por separado, poco importa, y acaso 
no valga un céntimo apócrifo ni anacrónico... Podría ser yo, 
por encima alguna noble deidad, pero (imperativamente) eres 
tú. Te conozco, te adolezco como a una yaga fresca y pútrida, 
como a un ínfimo leviatán que me tensa y orada las visceras 
malolientes, abriéndose paso sin sigilo hasta mi turbado ce¬ 
rebro primero, luego sé que te encaminarás instintiva abomi¬ 
nablemente... vendrás sin avisarme a por mí corazón de tibia 
seda que pende como un capullo de alevilla. Te conozco, y 
sé que lo has hecho en otras circunstancias, respondes a una 
naturaleza que maldijo mi genealogía. 

Ahora de pie, desde el rocoso médano he preferido de¬ 
morar esta espartana muerte, que se asemeja tanto a una libe¬ 
ración o constatación de finitud y no me apetece cosa distinta 
que alimentar, como a una gárgola voraz, mi cancerígeno es¬ 
panto a la candorosa sombra de una palmera: “Es mentira.” 
“Todo es un abyecta y omnisciente mentira”. Para el ocaso 
me lo ha premeditado la luna acuosa, menguante y oval de 
un espejo que he convertido en añicos... “Es mentira. Sólo tú 
eres” ha dicho, lo ha confesado en una voz tersa y melodiosa 
y me he dado cuenta, vana y excesivamente tarde, que hay 
partituras y actos que no deben interpretarse jamás. Nací en 
la madrugada de un 29 de mayo de 1974 en un sanatorio don¬ 
de anidaban las palomas en las ventanas excretadas frente a 
una plaza con nombre de esclavo, afuera lloviznaba el otoño, 
adentro mi cuello se azulaba envuelto en mi cordón umbilical, 
como una prematura horca que enmudeció mi primer llanto, 
me bautizaron W. Darío Amaral. Ahora ¿de dónde vienes tú? 


70 


| W. Darío Amaral | 


LO QUE SE DICE, “CASI” UN ACTO POÉTICO 


¿Qué es un acto poético?, preguntó el rey. 

No se sabe, mi señor, sólo nos damos cuenta de que 

existe cuando ha sucedido 
José Saramago 

Yuldo, Gontier y Cindo de doce años los tres. Su her¬ 
mandad aún pareciera titilar en la penumbra de la isla como 
una luciérnaga extranjera en la noche de ventisca autumnal. 
Su última maestra de colegio perseveró en tildarles, durante el 
consejo de padres, de “corderos descarriados”; no me consta 
eso. Me consta, al igual que a muchos de esta isla, de la exis¬ 
tencia de la sugerente, de la insurgente epístola rubricada por 
Yuldo en nombre de los tres poco después de su desaparición. 
La hallaron los militares que patrullan la costa al hormazo del 
mediodía a medio enterrar, humedecida por la condensación 
del frasco que la contenía encallado en la arena de la bahía. 
Fue esgrimida al reverso de la primera hoja, donde figura el 
título, del Ulises de Joyce. Respecto a la desaparición de los 
chicos en sí misma, no son pocos quienes se aventuraron en 
catalogarla de prodigiosa e incluso, a escupitajo limpio, de 
“acto poético”, puesto que los tres muchachos no sólo han 
sido genuinos pioneros en orquestarla por estos parajes apar¬ 
tados de Dios, sino que además, desde su gestación, supieron 
desarrollar sus pormenores elucubrando cada uno de ellos 
falazmente delante de nuestras propias narices, y de las del 
sistema, evidenciando tal talento que, prejuzgo ahora luego, 
más adquirido que nato, siendo doblemente válido el mérito 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


71 


y acordando que, al igual que la poesía, este plan prosperó a 
ciencia cierta impulsado por la adversidad adquiriendo una 
estructura tan revolucionaria como contestataria. 

La epístola en el frasco señalaba: “Emulen todo temor y 
duda de vuestras almas ilusas, despejen la densa bruma que 
cubre, tras cada hálito emitido con recelo, la cubierta del na¬ 
vio de vuestro ser que, sépanlo pronto, naufragará... Vuestras 
almas mancilladas, vilipendiadas y ultrajadas en su esencia en 
esta isla abandonada por el mundo, olvidada por el bien y 
apartada de las más primaria y elemental cordura. Espantad 
esa peregrina casta de cangrejos de moteados uniformes ca¬ 
muflados que, a fin de cuentas, son el único lastre que recu¬ 
bre y empuja toda esperanza hacia el lecho de estas aguas tan 
revueltas como corruptas. Darles de puntapiés desde lo alto, 
arrojarlos uno a uno por los aires desde vuestra cubierta hasta 
que den contra las filosas rocas y mirarles al fin despedazar¬ 
se hasta que se confundan con la espuma y desaparezcan de 
vuestra existencia. Alivianar semejante yugo y llegará el día en 
que se vean flotando como lo que son: libres goletas blancas, 
cuya única bitácora presagiará el rumbo de un horizonte vas¬ 
to, elegido por vosotros, cualquier horizonte en realidad, has¬ 
ta aquel que se divisa inalcanzable en tanto no sea este contra 
el cual naufragamos ya sin espanto como en la intencional 
y simétrica pincelada de una paupérrima pintura grotesca y 
surrealista...” 

Contramaestre Yuldo. 

Una segunda carta resurgió a los días azuzando aún más 
los ánimos, venía escrita en otra página húmeda, (la última 
arrancada tras el final del mismo Ulises de Joyce); había nave¬ 
gado en el interior de una botella de ron como en un Nautilus 
sellado por un corcho. Juzguen ustedes mismos su exposición: 

“Hastiados ya de lo mismo, el mismo abuso, las mismas 
restricciones, el mismo odio y demás misantropías acordamos 


72 


| W. Darío Amaral | 


con Yuldo y Cindo en un recreo escolar darle fin a todo esto, 
acabar con el “status quo” reinante y largarnos clandestina¬ 
mente la noche menos pensada que, en realidad, habría de ser 
la más planificada y trabajosa desde que dejamos de subes¬ 
timar nuestra potencialidad y espíritu de supervivencia. Ali¬ 
mentamos nuestras ansias afines con la promesa de no sortear 
también nuestra juventud como ya lo habíamos hecho con 
nuestra infancia. Y para ello invertimos dedicación y tiempo; 
voluntad y ensueño. En tanto Cindo mantenía su liderazgo en 
los torneos semanales del club de ajedrez de la isla y Yuldo ha¬ 
cía sonar, como siempre, como pocos, su saxofón amenizando 
eventos comunitarios, cumpleaños, casamientos y bautismos 
en la derruida capilla, tras ese inofensivo telón se llevaba a 
cabo en realidad el ensayo de una pieza más íntima, signifi¬ 
cativa y trascendental; la ejecución, la gesta de nuestra gran 
obra maestra la cual podíamos haber titulado “ acto de locos” 
o si se quiere de “acto poético”:Tras la finalización de cada 
torneo ajedrecístico Cindo solía invertir la remuneración de la 
premiaciones por el primer puesto en víveres enlatados y agua 
envasada de manera esporádica o racional para evitar engen¬ 
drar sospechas. Mi parte era en tanto la de sostener la buena 
costumbre de devorar cuanto libro me cedían en la biblioteca 
comunitaria y destacarme en el análisis y disertación de los 
mismos en las clases de historia y geografía, aunque lo que ha¬ 
bía conseguido era, gracias a ello, granjearme la familiaridad 
con la bibliotecaria quien, sin imaginárselo remotamente, me 
cedió franco acceso al archivo de mapas y cartas de navega¬ 
ción de la isla. 

Como resultante, mientras en la isla el tema en boga re¬ 
sidía en los preparativos para la inauguración del reluciente 
teatro de verano que entretuviese a los habitantes en las mo¬ 
nótonas noches, o bien los distrajese de los oprobios dictato¬ 
riales, Yuldo se ocupaba en rescatar y reciclar cuánta madera 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


73 


y partes de cascos de chalanas y barcos, (condena sellada para 
los antiguos pescadores), hubieran sobrevivido desperdigadas 
a la gran quema del sistema. Regístrese la cuota de fortuna in 
extremis que siempre ha de preceder tanto a algunos héroes 
temerarios como a los idealistas insensatos que también da 
cuenta del increíble descubrimiento de, entre tanto cachivache 
inservible, de una brújula en decoroso estado, un par de remos 
apenas chamuscados y un fragmento de lona poliéster que po¬ 
dría renacer como vela náutica, y de hecho así lo hizo tiempo 
posterior de que bautizáramos nuestro navio prefabricado y 
zarpáramos... “ 

Capitán Gontier. 

La epístola última se la substrajeron los militares a un 
pordiosero que, recostado en un muro de adobe a punto de 
derrumbarse, intentaba deglutirla junto a algunas algas des¬ 
coloridas a toda costa. El malviviente aseguró recordar úni¬ 
camente haberse despertado sobre su orín y con la botella ya 
entre sus dedos. Transcribimos su contenido desde el ilegible 
reverso de la impregnada página, (quizá de “Ulises”): 

"Desprenderse de una realidad no es lo mismo que des¬ 
prenderse de un sueño. Puesto que, por más recurrente que el 
sueño, (o pesadilla) sea, en algunas ocasiones sólo basta con 
despertarse para apartar nuestro endeble espíritu de su insi¬ 
dioso efecto. Desde que adquirimos (temprana) conciencia de 
las circunstancias dominantes supimos vernos como pequeñas 
arañitas atrapadas entre los engranajes de un hermético reloj 
del que parecía inviable escapar... Aunque, de hecho, todo 
sistema o dispositivo creado por el hombre es, en cierta mane¬ 
ra, susceptible de fallas y este régimen no fue la excepción. La 
noche de la fuga, como se había pronosticado, una tormenta 
azotó la isla. Empezamos dirigiéndonos como todas las no¬ 
ches a nuestros dormitorios saludando, sin que nadie supiera, 
con un último beso a nuestros familiares. Disimulamos nues- 


74 


| W. Darío Amaral | 


tros cuerpos durmientes en los respectivos lechos con almoha¬ 
das y nos escabullimos como anguilas a través de las ventanas 
engrasadas. Nos deslizamos por las calles en una hermandad 
de clandestinidad libertaria hasta las rocas menos creíbles de 
la costa. Desenterramos nuestra nave, el agua, las provisiones 
y algunas prendas de vestir. Pusimos a flote la embarcación, 
la abordamos y a fuerza de remo y un viento franco que nos 
distanció rápidamente de la intermitente luz indicadora del 
rocoso cabo concretamos, junto con la media milla marina, 
nuestro sueño de minúsculas araña. Aquella noche no nos des¬ 
prendimos de una realidad, sino que más bien la cambiamos 
por otra que únicamente podíamos visualizar, bajo la perspec¬ 
tiva del sistema, como un sueño, una lunática utopía...” 

El texto se interrumpe en esta parte por alguna ignota 
razón. Podemos atribuir la autoría de la carta a quien, du¬ 
dosamente, no se ha manifestado hasta entonces, Cindo. Al 
cual, dada su naturaleza, pienso adjudicarle el rol de timonel. 
Atribuyo el rastro de prendas de vestir, cajas destartaladas, 
latas de conservas y adheridos a algunas maderas del pequeño 
navio, envoltorios de golosinas con otras que flotaban junto 
a estos como estrellas de nylon sobre el tapiz de un agua en 
calma. El lanchón militar no encontró otra cosa... 

Yuldo, Gontier y Cindo de doce años los tres. Su herman¬ 
dad aún pareciera titilar en la penumbra de la isla como una 
luciérnaga extranjera en la noche de ventisca autumnal. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


75 



PLAZA SITIADA AL 1400 


¿Arte, panfleto o propaganda? conozco un vampiro neo- 
nazi alérgico a los glóbulos hebreos, un banco de cedro sin su 
arbolada plaza y sin su fuente oval de deseos sin monedas; una 
isla con palmeras sin cocos, prominentes precipicios pero sin 
noticia alguna de su océano que la circunvale y de un mapa que 
al menos nos acerque hasta ella. Una sonata sin violín ni piano, 
ni intérprete, ni partitura... un acuario sin peces tropicales, sin 
piedritas de fondo, sin plantas acuáticas y sin una gota de agua; 

una revolución sin líder de izquierda, derecha o anar¬ 
quista conservador; 

un monociclo sin rueda ni asiento; un murciélago sordo 
sin alas y efectivamente un jazmín sin flores, gajos, raíz y tierra 
donde afincarse. 

Conozco un poeta sin pluma y sin su musa, un país y una 
escuela sin bandera, sin edificios, casas, parques, plazas, esta¬ 
dios, cementerios... ni leyes; un enfermo terminal enteramente 
sano y hasta una boca, aunque bien sellada, con muchas caries 
y sin ninguna muela. Una jarra de vidrio sin su asa ni su jugo 
de arándanos con cubos de hielo, una vaina sin espada, sin 
mano que la blanda y, la mano, sin su soldado. Un collar de 
perro sin el perro y sin cadena; un vendedor ambulante sin 
mercancías ni tienda, un oculista y dos cirujanos ciegos en co¬ 
matoso estado; un diplomático mudo y desahuciado, e incluso 
hasta un estómago bien vacío pero bien revuelto. 

Conozco finalmente un espectro que se desplaza vivo con 
sus carnes, visceras uñas y huesos, que en la penumbra deam¬ 
bula perfectamente despierto pero, de hecho 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


77 


por más que sé de un sol oscuro que no alumbró nunca 
a esta plaza por entero sitiada en ninguna parte, jamás de los 
jamases he podido atisbar siquiera el verme un instante para¬ 
do en ella, descorazonado 

y 

sin 

ti. 


78 


| W. Darío Amaral | 


EL HACEDOR DE CHARCOS 


Cuando niño vi a un hacedor de charcos en cabizbaja po¬ 
sición, aunque de pie se insolaba al resplandor del mediodía. 
La voz de mi madre llamándome para almorzar me distrajo un 
instante de la escena; cuando volví a mirar el hacedor ya había 
desaparecido sin dejar rastros sobre el médano, seguramente 
debió haberse evaporado bajo los rayos del sol o ahogado en 
un mar de arena abrasadora. Entendería, tiempo después, que 
ello era asaz improbable. 

Reapareció, desde luego, aquella misma madrugada pa¬ 
rapetado como un grillo tras una pila de libros infantiles en mi 
mesa de luz. Recuerdo que en aquella instancia se asemejaba 
más a un verdadero hacedor de charcos, de esos que se escu¬ 
rren silenciosos por la cortina descorrida de la ventana abierta 
de tu alcoba y, ni bien te escrutan dormido, brincan asustados 
pero decididos hasta tu pecho y, ya posados, se hunden en él a 
través de tus prendas de dormir tibias y desde entonces nada 
hará que lo aparte de aquel sitio ideal que de ahora en más 
será su residencia. 

Con el trajín de los años el hacedor de charcos ha de 
madurar a la par de su huésped, e incluso más; llegado el caso 
aquella será sin duda una excelente instancia para no rehuir 
por entero a sus señales y consejos que, con suerte, han de 
salvaguardarles a ambos en épocas de insondable adversidad. 

En estas épocas de mancomunada trascendencia, son no¬ 
torios los bien logrados achaques de creatividad del hacedor 
de charcos que tanto suelen asemejarlo a los de Dalí, Goya o 
Picazo; por lo que podrá sorprendérsele(s) dotando de for- 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


79 


mas múltiples a cuanto charco de agua límpida o turbia se le 
atraviese(n) a su paso. 

Para la culminación de los días, cuando la fidelidad y 
benignidad del hacedor de charcos haya quedado más que es¬ 
tablecida, digamos al punto que ya no logres discernirlo ni 
separarlo de tu ser, ante el umbral de tu muerte se llevará a 
cabo indefectiblemente un espléndido aunque esperable por¬ 
tento: pudiéndose marchar, huyendo a otra nueva residencia 
en la cual recomenzar como en una reencarnación, el hacedor 
de charcos te hará saber, con un apenas perceptible tum—tum, 
tum—tum que cada vez se tornará más arrítmico pero menos 
intenso, acerca de su irrevocable decisión de desaparecer junto 
contigo... 

Cuando niño yo vi a un hacedor de charcos en cabizbaja 
posición... 


| W. Darío Amaral | 


A LOS DETRACTORES DE TODA NEOPOÉTICA 


Antes las palabras significaban alguna cosa... 

Juan Goytisolo, La Chanca 

A los detractores de toda nueva poética, (novedosa, hi¬ 
larante o punzante tan sólo por aquí, laudase Don Nicanor 
Parra antes de tumbarse con noventa y dos años sobre la tela 
en cuadrillé de su hamaca paraguaya en Las Cruces). 

A los que prejuzgan a sus hacedores de atrapasueños y 
pinchanubes, a los que subestiman, con pruebas o sin ellas, sus 
facultades y carencias. 

A los que evitan escrutar la profundidad de sus pupilas 
dilatadas, la persiguen como sombra y apresuran ponzoñarla 
por la espalda sin concederle una mínima tregua, (que el man¬ 
zano no cedió frutas rojas y dulces en sólo dos días). 

A los que la alaban si la reconocen y premian, pero boi¬ 
cotean si la suerte no la alcanza o si los rayos del sol aún no 
dan con ella y asimismo la acaban sepultando convida. 

A los que motejan a sus poetas primero de lúmpenes, 
cagatintas, chapuceros, fabricantes de cecinas y demás sinóni¬ 
mos esquivos y equívocos. 

A los que no han sido invocados por el anárquico “voto 
que el alma pronuncia” y que, desde el humano sustantivo- 
adjetivo, cada uno de ellos reconocerá y admitirá: “sabremos 
cumplir”... 

A ellos declaro, en este manifiesto de la “sin razón” com¬ 
puesto en las antípodas de la razón, toda la paz de un atarde¬ 
cer salitroso; una constelación de lluviosos astros veraniegos; 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


81 


un jardín en flor surcado por coliflores y mariposas que un 
viento sur empuja bajo un puente de arco iris; un blasón de 
tregua en plena guerra por sobre los cascos acribillados y su¬ 
cios de sangre. 

A los detractores de toda nueva poética, (que si no me 
han ofendido por acompañarme en su lectura hasta este tra¬ 
mo), soy lo que soy también por ustedes. 


82 


| W. Darío Amaral | 


EN SHIKOKU, LA HOJARASCA LIVIANA 


la tarda noria remueve desde el flanco del río algunas 
hojas secas del alto pinar 

a su sombra el labrador pone en reposo su brazo diestro 
y con él a su mellado azadón 

hunde la reluciente cabeza en la corriente y es abordado 
por una imagen sin tiempo 

en el espejo del río discierne las dos sombras que avanzan 
entre el sorgo rojo y virgen 

el pequeño y su padre pisan las piedras de un sendero que 
cercena un rosedal en flor 

abordan una escalinata que termina en una puerta corre¬ 
diza con dragones grabados 

ya en el recinto un ídolo tallado es cruzado por una estela 
de humo de incienso rojo 

al pie del ídolo sobre un soporte envuelto en ceda la daga 
de oriente sueña en su vaina desnudan sus pies reverencian al 
ídolo arrodillados y tras la meditación la lección 

tu abuelo fue un gran labrador 

horadaba la tierra con ahínco 

y su cosecha era la mejor 
marchaba al amanecer 

retornaba al crepúsculo 

y cuanta poesía albergaba ese simple acto 
no escaseaba el alimento 

y eran gloriosos días de sol 

para tus tías y para mí 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


83 


pero un día sopló 

la hojarasca liviana 
en la isla 

y el cielo ennegreció de súbito 

entre la arboleda 

que hay entre el sembrado 
y el hogar 

abordado fue 

por un demonio ofendido y envidioso 

ante tanta beldad e integridad 
se apoderó 

de su esencia 

de su ser 

lo perdimos como nieve al sol 

la luz de sus ojos se opacó 

y sucumbió en la bruma 
al horror 

recayó en el vicio 

y las deudas 

arrasaron con su cosecha 

con el mismo campo 
y con nosotros 

la vergüenza y deshonra 

alimentaron nuestros cuerpos 
pero mancillaron 

nuestras almas 

a mi nombre y al de mis hermanas 

le nacieron púas que punzaban 
y desgarraban nuestro 
ser 

ahora el padre 

aligerado tras el relato 

se apresta a instruir a su hijo 


84 


| W. Darío Amaral | 


en el arte 


el delicado arte 

de ahuyentar 

de abatir 

de exorcizar 

aquella impía casta 
de demonios 

para el anochecer 

el pequeño se incorpora 

le aquejan las rodillas 

y el resto del cuerpo 

se apresta a dejar 

a su exhausto padre 
su mentor 

su maestro 

sumido en honda meditación 

se coloca su sandalias 

y se encamina a la cocina 
donde su madre 

limpia un pescado 
desanda el tramo hecho con su progenitor 

dos mariposas sobrevuelan su cabeza 
al percatarse detiene su paso 
intenta atrapar una 

la única que es blanca 
como nieve 

alguna vez en el templo 

le dijeron que su espíritu 

era del color de algunas 
mariposas 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


85 


al parecer era cierto 

porque de estar ya junto a su madre 
confiere sin rodeos 
la lección 

“madre Lin 

padre Shun 

ha vuelto a aleccionarme 
y ha sido hoy 

muy ilustrativo 

tras una plática 

sobre oscuros demonios 
me ha instruido 

en el difícil arte 

de combatirles 

su valor es tan desmedido 

que ante mis asombrados ojos 
no dio espacio 

a la deshonra 

oponiéndose a la ofensa del demonio sable 
sin tolerar más afrentas 
venidas de su filo 
su colérico vientre desnudo 

ha sabido confrontarlo 
como ninguno 

y en su ventaja 

ha desangrado al desdichado sable 
hasta engullirlo por entero 

hasta su empuñadura 
he sido testigo además 

de otro fantástico prodigio 

cuando venía hacia aquí 
las mariposas del bosque 

comienzan a congregarse 


| W. Darío Amaral | 


en nuestros rosales 

para celebrarlo” 
la gloria sea con aquel que 

subestimando al horror 

igual le tiende una mano 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


87 



SUPERSTICIONES DEL NUEVO POETA 
MALD(H)ITO Y UN SILOGISMO POSTUMO 
QUE NO HACÍA FALTA 


A 

El nuevo poeta compone con la mayor dignidad asequi¬ 
ble con y para él mismo. Empero no obvia la prerrogativa 
de componer, parapetado desde el campanario de la Capilla 
Maciel, para todo congénere que se lo implore a voces o por 
fax, vestido de Cyrano de Bergerac o, en su loable defecto, de 
Athos, Porthos o Aramis. 

B 

El nuevo poeta sueña despierto y duerme, imperativa¬ 
mente, dormido; con o sin ingesta de Zaleplon en ayunas. 

C 

El nuevo poeta, tal cual sostuvo Bolaño, emprende por la 
senda del “sentido común”, por ella y en el seguimiento de la 
migración masiva de cangrejos rojos en Nochebuena. 

D 

El nuevo poeta se ducha con arena tibia extraída de las 
Dunas del Polonio durante cualquier equinoccio de primave¬ 
ra, se seca con las flores rojas de ceibo nacional y aroma su 
joroba y mocasines con alcanfor importado en carabela. 

E 

El nuevo poeta es partidario a ultranza de una modestia 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


89 


encomiable, siempre y cuando, (y concediendo lugar a cierta 
indócil utopía), la fotografía de su medalla del Premio Cervan¬ 
tes de Literatura Castellana dispuesta sobre una manipostería 
de fino cristal labrado logre reflejarse en las azulinas aguas 
de su jacuzzi sin encender y esta sea trending topic en Twitter 
durante diecisiete segundos, al menos. 

F 

El nuevo poeta recurre, haciendo para sí en un acto de 
grandilocuencia, a sentencias categóricas: “¡Eureka!...”; “Ser 
o no ser es la cuestión...”; “Ladran Sancho, señal que cabalga¬ 
mos...” “¡Qué indómito océano señorea el mundo!...” “Dios 
creó el alimento, el Diablo los cocineros”...”Lo esencial es 
invisible a los ojos”... 

Y descollando, con la envergadura de un Everest, la so¬ 
lemne “¡Chanfle! ¡Que no panda el cúnico!” 

Silogismo final: 

Toda mariposa es culpable. 

Algunos poetas son mariposas. 

Algunos poetas son culpables. 


90 


| W. Darío Amaral | 


MONÓLOGO DEL EMIR 


¡Ay, de los vencidos! 

Breno 

Tal como me juzgan, aprecian, (y menosprecian), yo me¬ 
recí ser, entre tantos justos aspirantes y menos bellacos, aquel 
implacable contendiente que el bélico, el portentoso Alejan¬ 
dro de Macedonia jamás confrontó. A cambio, cual charada 
perpetrada por la mano de una deidad perniciosa, los inescru¬ 
tables evos del ensueño apenas me ceden contemplar a per¬ 
turbadora distancia la felonía gris de cien mil cimitarras que, 
ante la nada filial, aguardan el llamado de la sangre que bulle 
por aflorar y humedecer la planicie sedienta por el sol. Ambos 
dos: mi aplazado nacimiento y mi tardío trono han ultrajado 
mi estirpe de sobremanera. Me han desprovisto con bajeza ex¬ 
trema de cualquier merecida gloria y me han reducido, (a mí 
y a mi prole), a asemejarme a la más grandilocuente mofa de 
Alá al cual no abdicaré imprecar desde mis negros intestinos. 

Hoy, en la cúspide del desértico reino, únicamente me va 
restando el ardoroso consuelo de llegar a darme muerte en 
la oblicua luna de un labrado espejo por habérseme vedado 
siquiera ser la preciosa enfermedad que extinguiera de un úni¬ 
co estoque tanto esplendor congregado en único mortal. No 
obstante ello, desearía una pedido más: desearía, al igual que 
el pérfido espejismo del Sahara, desvanecerme sin más des¬ 
contento sobre la abrasiva arena hasta nunca jamás ver, no sin 
antes saber, ¿ por qué me vence el tiempo y no la daga? 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


91 



MARÍA CLARA Y SU MODESTO 
PARQUE DE DIVERSIONES 


La pequeña, la traviesa María Clara no se la pasa nada 
mal en sus ratos incólumes. 

Ha descubierto, bien sin proponérselo, o con toda la 
premeditación del verano, un novedoso y curioso Parque de 
Diversiones: Yo mismo. 

Con sus dos añitos de antigüedad se las ha arreglado 
para ver en mí, para hacer de mí, un popurrí de instrumentos 
de módico servicio lúdico. 

Y así, aunque debieran dudarlo, una noche de enero en 
que nada distrajo ni retuvo su interés glotón, arribó hasta 
quien suscribe y, sin otro ticket que el de mi paternidad, dio 
por inaugurado e ingresó al sistema de juegos del que, por 
momentos, soy funesto sustantivo. 

De esta forma la terrible liliputiense, (liliputiense en lo 
que un pitufo infante lo es para otro pitufo adulto), tomó im¬ 
pulso y, hallándome reclinado en mi sillón de acostumbrada 
lectura, en un soberano acto que poseía todos los visos de un 
(a)salto, la chiquilla diose elevación hasta mi pecho. A conti¬ 
nuación hizo de mi pecho, estómago, piernas y pies un tibio y 
arropado tobogán. En un segundo intento, más instintivo, co¬ 
gió mis manos y suspendiéndose con sus asentaderas en ellas, 
las transformó en un huesudo columpio a su medida; hasta 
hoy las cuerdas de mis brazos están sentidas de tanto balan¬ 
ceo. Ya tumbado, tanto en la cama, sofá o sobre la arena de 
la playa, esta niña hija de Rasputín, (recuerden que aún no he 
renunciado a su tutela), se encarama a mis nalgas, espaldas o 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


93 


cabeza para dar inicio frenético a una danza, (o doma), deri¬ 
vada plausiblemente de la tarantela, pues, finalizada la misma, 
una de dos: yo acabo domado hasta la laxitud, o lo que no es 
lo mismo, como la tarántula aplastada de la que proviene la 
espantosa coreografía italiana. 

Una última salvedad antes de cerrar mis desvencijadas 
puertas: todo y cada uno de los daños colaterales padecidos 
sobre las instalaciones de este Parque de Diversiones, junto 
con algunos otros omitidos, se supeditan ,(merman e incluso 
se evaporan), a la dádiva de su única concurrente que, a final 
de cuentas, es también su fundadora. 

Horario: todos los días, tardes y noches; durante tormen¬ 
tas, rachas de viento y algún que otro sismo pasajero...se au¬ 
toriza el acceso con refrescos, frutas y golosinas. 


94 


| W. Darío Amaral | 


(*) CARONTE/ HADES 


1 

ondulaciones viperinas que el palo-remo sonsaca al río 
psicopompo de urdida barba senil y moribundas órbitas 
que encamina el madero de su proa a la rivera Estigia 
cundida de cráneos panacea a la óctuple vacuidad 
que aguijonean el alma del sórdido Dios Caronte 
2 

a su alma obscena no la atosiga la entraña de la noche 
que palpita nefanda y austera ni los ecos de súplicas gaz¬ 
nápiras 

arrancadas de gargantas iridiscentes por las infinitas es¬ 
tocadas 

multitudes de sollozos entrecortados por tentáculos fu¬ 
ribundos 

multitudes desgarradas e irreconocibles entre viscosida¬ 
des del cénit 

3 

no longer, nicht mehr, pas plus, nie, artik, inte langre, non 

piú, 

6oJibLU He. no more, jo me shume, noBene, no más, 
zádná, 

'FU, Dj 0| o 1- , vise, dim mwy, hou, nihil, noBeke, no más, 
nao mais, Ínter mer, wala nang, He 6¡J"lbLue, no más 

4 

un graznido estentóreo trastoca su desgaire de saurio 
diaconal 

y desvía su cráneo sin pulpa y sus cavernosos ojos al abismo 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


95 


en la altura humeante del Seol irrigado por nubes de go¬ 
tas carmesí 

hendidas por la iracunda levitación de centenares de gár¬ 
golas 

que recelan del hierático anciano y combustionan en un 
atrezo vaho 

5 

oleadas de almas joviales y decrépitas se arremolinan 
como larvas 

abarrotan la bahía y atisban mudas con su óbolo en las 
fauces 

a que Caronte acorte la orilla de Dis desde donde no 
existe viraje 

y desde donde la luz a través de los evos será la de una 
rojiza flama 

en donde sólo a los sombríos visos del suplicio les atañe 
imperar 

6 

los magullados brazos y las curtidas facciones abrumadas 

por la rispidez intransigente de los evos dilatados en un 

orbe 

mayúsculo se crisparán todos al unísono la hora que sin 
aviso 

descienda la sombra de lo que alguna vez hubo de ser un 
mortal 

para concebir hacer pie en la greda pútrida de aquella 
orilla 

para sin más conferir al remero del bote que hasta él se 
avecina: 

¡hey barquero! ¡ya no vendrán más! ¡soy el último con¬ 
denado! 

y el anciano Caronte derrame su llanto entre risas y car¬ 
cajadas... 


96 


| W. Darío Amaral | 


Sí /NO 


Sí mi pequeña niña: este autor no ha sido lo que se dice 
un padre dechado, ni tampoco un filántropo o bienhechor a 
imitar; probablemente, antes que verme saltar al vacío desde 
el trapecio sin red en el que me trepaba al momento coyun- 
tural de esgrimir alguna idea salvable, te hubieras entendido 
de hostias con cualquier otro huérfano antes que conmigo... 

No madre: no me apabulló nunca el pretendido porvenir, 
ni el nuestro ni el de la entera humanidad que desde su génesis 
erige hecatombes sobre hecatombes en pro de su propia ruina; 
y sin pretenderlo viniste a parir una laya de engendro no a un 
bebé cabezón, un malnacido ahorcado con su propio cordón 
umbilical al principio y ya de adulto sorteando todo grosor de 
dañinas sogas... 

Sí padre: si bien supiste mostrarme el ancho paisaje del 
odio, la desesperanza y el oprobio que maltrecho te condujo 
una eternidad de noches al mármol del mostrador de una, de 
todas las cantinas y bares del mundo... para bien propio y de 
los demás, siquiera una vez descubriste, aquel angosto sende¬ 
ro flotante que podía habernos librado de tu aura de miseria, 
de hediondo y dantesco espantapájaros impregnado de aguar¬ 
diente, no haber conocido prematuramente aquellas virtudes 
purificadoras de fuego y sus llamas sanadoras... 

Sí amor mío: te amé ante todo, mismo por sobre el as¬ 
tro rey que doró mis contados días en el palmar junto a las 
aguas claras de una aguada que tenía por costumbre devolver 
la imagen de tu angelado rostro a las altas nubes del cielo y 
en la que enjuagábamos las plantas de nuestros pies desnudos 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


97 


luego de haberlos embadurnados con cieno de tanto caminar 
tomados de la mano...el brillo de tus cabellos castaños, tus 
senos tibios, tus muslos aromados y gruesos al igual que tus 
labios. Me abandoné a un imposible, al ardoroso e indiscuti¬ 
ble deseo de tu desdén y de tus sobras... 

No altísimo señor, hacedor, (para bien o mal), de todas 
las cosas: escribiendo, o sin escribir, prefiero equivocarme 
siempre a mi cuenta a tener razón por consigna... y hoy he 
hablado en exceso. 


98 


| W. Darío Amaral | 


SIN EVIDENCIAS 


El intangible peso de las horas que aletean como alevillas 
me dicta en el afiebrado cráneo de que he abierto la factibili¬ 
dad al error, al horror y a la esperanza al unísono. 

No dispongo de momento de evidencias contundentes ni 
menos irrefutables para nadie; 

tan sólo la viabilidad del tablero llano bañado por la te¬ 
nue luz de un candil, 

de sus grafías inmortales que acaso emponzoñan los de¬ 
dos de mis manos temblorosas 

que merodean sobre una planicie tendida como un puen¬ 
te entre dos orbes opuestos 

que sólo se arriesgan a cruzar los herejes o aquellos que 
con las caedizas palabras nombran tantas cosas que ignoran 
que se les nombra, y otras no tanto... 

Maldigo la hora de su arribo, del centelleante ojo de vi¬ 
drio del vejete anticuario que, 

de hacer un trasto mi vulnerabilidad y desazón, culminó 
por helarme la nuca y cederme la Quija al igual que un ambi¬ 
guo souvenir. 

¿Por qué dudar ahora de sus señales labradas si no des¬ 
creo de la imagen oval de un espejo? 

Sepan que creo en la muerte, pero no en los muertos; así 
como en el estruendo 

del árbol que se precipita y deshace contra el suelo, pero 
sólo si hay en su cercanía quien le escuche... 

Lo cierto es que aquella a quien amé una vez decidió 
marcharse, se dejó caer y arrastrar por la ventisca como una 
hoja seca en pleno otoño... 

—Amor mío, mi corazón... este sitio es, contrario a lo 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


99 


que suponía, frío como un glaciar, gélido al punto de helar¬ 
me la sangre que todavía me resta, me cala hasta los mismos 
huesos y me atosiga y emponzoña el alma con malignos pen¬ 
samientos. Yazco todo el tiempo de pie envuelta en una bruma 
continua sin discernir más que sombras que me cruzan a paso 
de sonámbulos exhalando alaridos y dirigiendo toda clase de 
improperios a un dios al que responsabilizan de su desgracia 
pero del cual yo no hago más que descreer. Porque, amor mío, 
mi corazón, de considerarlo apenas por un instante digamos 
¿qué clase de padre, dador de vida, es capaz de crear, criar e 
instruir un cristiano al cabo de cincuenta años para desampa¬ 
rarla en este arquetipo de orbe infernal?... 

Me angustia su estado tanto como el mío...Así como no 
hay un vientre disponible para que yo naciese de nuevo, como 
un ser reconvertido, tampoco ha de haber espacio ni tiempo 
que den cabida apenas a un haz de nimia luz diurna que con¬ 
siga despejar un poco la bruma congregada de este lado y en 
esta barroca habitación circundando al concéntrico tablero. 

Cercenada la mundana lógica fáctica en esta noche de 
verano secular en la que brotan y rebrotan amorosas frases 
colmadas de luminosos adjetivos canjeados sobre este talis¬ 
mán, nuestras almas de tórtolos impíos albergan ergo desig¬ 
nios profanos, tan negros como la ausencia de evidencias que 
no me confesarán jamás si esto es realidad o infame sueño, si 
respiro desde el anverso o reverso del cosmos, si cavilo entre 
los esbirros del cielo o ardo vivo perdido entre el oleaje del 
rojizo océano de la desolación 

donde el vocablo “alivio”, amiguitos míos, no puede ser 
más que un ultraje baladí... 


100 


| W. Darío Amaral | 


CALLEJÓN SIN SALIDA 


Duermevela perseguidor de rayos de luna nueva, ahora 
que has arribado en circunvalación hasta este páramo cargan¬ 
do tus usados trastos de bien intencionada trova no da lo mis¬ 
mo saludarte: bienvenido o malvenido seas. 

De última deja que te advierta acerca de otra gran certeza: 

nuestro callejón, aquel inmejorable recodo mundanal en 
el que se congregaban la gracia y la dicha lisonjera ni bien 
bajaba el sol, se estrecha ahora en contundente manifestación, 
descarado, como un patíbulo del que empero se desconoce 
cualquier tentativa de evasiva. Posiblemente acabaremos sin 
más ensoñación que aquella que concede la memoria, aunque, 
como el resto, nos transmutaremos en una suerte de pesadilla 
en otro de sus adoquines, de sus faroles altos y macetones 
desbordados de fritillarias policromáticas. 

Toma pues mi consejo como si fuese una copa de tibia 
miel y ten empero a bien valer la luz de esta pretérita exégesis: 
“hasta el más sórdido horror guarda su encanto”; deja vu tras 
deja vu harás un alto pues hay un antes y un después palpitan¬ 
do en tu médula: 

dilucidar “el sentido” preciso que nace primero y luego, 
a sus pies, la letra que lo eleva en vocablo. Mi bien caro poeta, 
cofrade de aventuras, algunas de ellas sórdidas o truncas pero 
bien necesarias para tu prolífico erial, tu rúbrica ha de ser 
mañana también tu epitafio, a semejante destino encaminas 
tus sienes... 

De pequeño cobijé un galgo al que llamé Apollinaire que 
se arrellanaba a mi vera 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


101 


cuando me atiborraba de Lezama Lima, lo desapareció 
una tarde la perrera del municipio; en ocasiones cotejo mi hu¬ 
manidad con la de aquel huesudo y desventurado ser y creo 
que ambos deberíamos recobrar nuestra libertad, transgredir 
nuestro insondable karma por paradójico y absurdo que ello 
pueda resultar en este claroscuro callejón sin salida. De hecho 
y como en un memorial a aquellos buenos años de jovialidad 
poética, por más que no he supuesto, o presupuesto, más que 
un injusto y vil destino para Apollinaire, cada vez que me aco¬ 
modo a la vista de los transeúntes que en el presente se allegan 
con su libracos universitarios bajo el brazo, fumando pipas o 
bebiendo de latas de gaseosas o cervezas, otros silbando una 
melodía de marineros o besando con desenfado a su consorte 
del mismo sexo, no falta uno que la indiscreción empuje: 

—¿Puedo saber qué estás leyendo? 

—Pues al maestro, a Lezama. 

—¿En plena soledad? 

—En plena apariencia —contesto, sin que consigan des¬ 
cubrir al fantasma de la esquelética silueta recostado a mis 
pies que apartaron los hombres simples de mí por poco tiem¬ 
po y que fue mi amigo por aquel callejón del recuerdo, un 
callejón sin salida que, aunque sé que me engaña descarada¬ 
mente como a un párvulo de teta, me consuela cada atardecer 
ofreciéndome la salida que yo decida escoger. 


102 


| W. Darío Amaral | 


ESCRITO CON TINTA ROJA 
SOBRE ESPUMA BLANCA 


Habilitan el páramo y penetran con ropaje de ansias; 
poco tardan en arrellanarse y autoasignarse una humeante 
taza de café. Afuera asóla la escarcha y despeña el aguanieve 
sobre las puntiagudas copas de los pinos y sauces que sollozan 
porque, hasta donde sé, son los únicos que pueden y saben so¬ 
llozar de verdad: los únicos, los únicos, los únicos, los únicos, 
los únicos, los únicos, los únicos, los únicos, los únicos, 

los únicos que saben hacerlo si fuesen simples hombres, 
aunque distan de parecerse a uno. De todas maneras, aquí 
adentro se han pautado las cosas en una modalidad distinta, 
se han esmerado en recomponerme, alisado mis greñas, 
disimulado la demacrada cara, 

purgado las extremidades ceñido de etiqueta, han limado 
también mis uñas y aromado de un mortuorio almizcle que 
empalaga las narinas de todos. 

Es temprano aún hasta para las moscas, aunque han de¬ 
bido espantar a dos abejas 

que se juzgaron idóneas a sobrevolarme en esta pomposa 
futilidad de mortal, a mí 

y al parterre de coronas que me circunda como si fuese 
un santo, un mártir o un pastor. 

Los primeros en aglomerarse fueron los viejos, todos los que 
conocí y algunos otros: viejos amigos, viejos amores, viejos cole¬ 
gas, viejos editores, viejos enemigos, viejos recaudadores, viejos 
proxenetas, viejos caballeros, viejos de viejos... mas no ha arriba¬ 
do mi hija, ni mi esposa, ni mi madre, ni siquiera mi perro. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


103 


Pienso que el hecho de que, en mi cotidiana existencia, 
siempre me haya sentido desencajado como un pez fuera de su 
agua pueda acaso tener algo que ver con su ausencia y, si pu¬ 
diese, diría que me conforta tal circunstancia, porque entonces 
significa de que, hasta donde les fue asequible, supieron de mí, 
me conocieron. 

Los imagino en este instante hundiendo las plantas de 
sus pies (y aquellas cuatro patas) en la empapada arena de la 
ribera marina de nuestro balneario, de nuestros primeros y 
posteriores años y de mis últimos pasos por esta esquina. 

Yo podría seguir tras esas mismas huellas y podría inclu¬ 
so alcanzarlas, salpicarme el alma vana con la salina espuma 
blanca en su acompañamiento y volver a reconocerme en cada 
letra que con inconfundible tinta roja, como la sangre, forjé 
a la vera de un médano un día y que, pese a todo, ahora a la 
orilla de este mar me sirve apenas de nada. 


104 


| W. Darío Amaral | 


EXEQUIAS EXECRABLES 


Ojalá no hubiera nacido vivo; el no estar aquí coyuntu- 
ralmente alberga ya en sí mismo 

la prerrogativa del recelo que como en un agujero negro 
no vemos pero sabemos 

que existe y se desplaza trasladándose en el espacio de 
alguna u otra manera desbordado de vida. 

Ojala no hubiera nacido así, convencido de tanta futili¬ 
dad o resignado a sus múltiples variantes; alistarse para vivir 
cada día es codearse también con la muerte en el viro de una 
esquina. 

Degustar un expreso humeante, inescrutablemente agri¬ 
dulce, mentiroso y ponzoñoso; 

una redundante medida de ajenjo o quizá una minúscula 
gota de cicuta servido en la más módica cafetería sin que te 
perturbe con quién ni para qué compartirlo. 

Ojala no hubiera nacido aquí y ahora, el hado griego de 
la pluma o la lira no se rigió nunca por sesgadas perspectivas 
de mortales sin casta ni rango, tampoco por espadas, melladas, 
ni trovadores desgarrados en su laconismo, en su desgarbo. 

Ojala no hubiera nacido vivo; bienaventurado aquel que 
no se reconoce exánime 

o que ha vuelto añicos su propio espejo por evaluarlo fútil. 

Cuánta veracidad alberga cada grano de arena animado 
dentro de un reloj 

o las gotas de agua despeñada de una clepsidra... 

Padre nuestro que estas en los cielos ojala, 

ojala yo hubiera nacido muerto. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


105 



FLOR NACIDA EN LA PENUMBRA 
DE UNA CELDA 


Hoy anduvo la muerte buscando 
entre mis libros alguna cosa... 

Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando 
cómo be sido, cómo ha sido mi vida, 
cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había ver¬ 
duleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, 

un lindo jopo, 

dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese 
mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, 
esa novela canallesca escrita por un loco... 

Alfredo Zitarrosa 

Y ahora paro donde la sombra insana y la maciza roca 
apuntalan el legado de nuestras penurias; aquí, donde tende¬ 
mos a bien sofocar el sollozo nocturnal que desahucia cual¬ 
quier atisbo de humanidad clandestina venida del exterior de 
los barrotes y el alambre de púas oxidado hace años, ese que 
los llamados “transeúntes libres de cargo” no logran enfocar 
en su apuro cotidiano. 

Paro y desfallezco como las horas, días o semanas, (no 
tengo cómo develarlo), que me restan por cumplir o incum¬ 
plir; congelado pero vivo, sin superior existencia y suerte que 
la que me depara la apestosa rata que cada noche resurge 
empapada de un desagüe para treparme por la espalda, el 
pecho o la cabeza y cerciorarse si el hálito al menos no me 
ha abandonado por completo; no vaya a ser que se le pase 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


107 


tamaño festín, a ella o a mí, en la supuesta ocasión que me 
toque atraparla ensimismada en su antropófago ardid noc¬ 
turno. 

Paro aquí, factiblemente sin alcanzar parar en ninguna 
otra parte peor y asimismo albergo el agravado pálpito de que 
debiera solazarme en la intimidad vacua de este hueco enreja¬ 
do a cambio de una mazmorra más execrable aún. 

Paro, lo hago desde mi primer “febrero amargo” sosega¬ 
do por los mamporros, las descargas eléctricas, los roedores 
encolerizados en los recipientes bajo nuestros culos apretados 
a muerte...paro en esta celda a cambio de no claudicar mi 
resistencia digna , mi sedición ideológica, intelectual, letrada, 
civil...”anticomisarial”, “antipauperización”, “antiexilio” fí¬ 
sico o mental, “antifraticida”, “antidialéctica”, “antitotalita- 
rista”... 

Paro aquí y ahora a fin de cuentas también porque la 
nomenclatura seguida por mis artículos se sustenta en un voto 
que el alma pronuncia a sabiendas de que no soy el único 
revoltoso y de que, a pesar de semejante desolación, no po¬ 
demos marchar solos en esta nueva cruzada libertaria; de he¬ 
cho no me parezco en nada a aquella “rama muerta” presta a 
cortarse e incinerarse que es el hombre solo por voluntad al 
que refiere Octavio Paz en su “Laberinto”, ni mucho menos 
a la isla autosuficiente, desligada del resto de la humanidad a 
sabiendas que tan sólo por él doblarían las campanas... 

Paro aquí y ahora amiguitos hasta equipararme a la dócil 
florecilla blanca que, día tras día, y como una ironía de Dios, 
insiste en reverdecer en la entraña misma de esta celda oscura. 


108 


| W. Darío Amaral | 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


El sueño de la razón produce monstruos. 

Goya 

Tal lo manifestado por el aindiado mancebo, este se reser¬ 
vó desde un principio el derecho de certidumbre amparándose 
ante todo en su paupérrimo estado de sanidad física y mental 
que, por ser además vuestro servidor quien le viese convida en 
sus postrimerías, por lo mismo, esta eventualidad me faculta 
y transfiere al unísono el grandilocuente beneficio de cuánta 
duda sea capaz de abarcar vuestro severo dictamen... 

Antes de asomar de entre las entrañas pútridas de la res 
que llevaba allí tendida varias auroras, Gabriel ensayó una 
contenida arcada que lo condujo a devolver sobre sus rodillas 
parte de la pulpa de los inusuales frutos rojos ingeridos furti¬ 
vamente más temprano. La animada masa de larvas que des¬ 
componían por dentro al animal en torno a su ser enteramente 
encogido también había ayudado. 

Perdida la noción del tiempo que había permanecido su¬ 
mergido en la nauseabunda negrura de aquel astado, recorda¬ 
ba con estremecimiento cómo su instinto le había retenido allí 
a todo costa y en silencio ni bien extinto el último estampido 
de las armas que acabaron por abatir a unos cuarenta o más 
de los más aguerridos hombres y secuestrado a los restantes 
trescientos, entre mujeres y niños, integrantes de su tribu. 

A través de una minúscula perforación de punta de flecha 
flanqueando el cuero de la res, la que probablemente provoca¬ 
se el deceso de aquel animal que ocupó como si fuese un pará- 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


109 


sito, Gabriel había atestiguado, de alguna manera medrosa e 
indigna a su ascendencia, la erradicación de la indómita casta 
charrúa de los nacientes suelos del estado oriental. 

Algunos de los más eminentes hombres, (tal el caso de 
“Venado”, “Polidoro” o “Juan Pedro”), que en tanto bebían 
cándidamente de sus vasijas bufoneaban acerca de la ma¬ 
lograda fermentación de la chicha con la que los “amigos 
orientales” les habían agasajado en respuesta a aquella súbita 
convocatoria del gobierno de Don Frutos en la ribera del Sal- 
sipuedes, ninguno de ellos, por lo mismo, reparó en el llamado 
que la naturaleza surtía en su bajo vientre ni en su sigiloso es- 
currimiento hasta el único montículo alejado apreciable en el 
llano: un robusto toro muerto que, despanzurrado por algún 
puma o cimarrón, apestaba tanto como las heces evacuadas. 

Apenas arrojados los pastos verdes y blandos con los que 
se hubo limpiado el culo bajo las nubes y apenas sonsacado 
de la íntima apacibilidad devenida tras sus deposiciones que 
humeaban al igual que la boca del revólver del General Ri¬ 
vera tras el primer estampido descargado sobre el pecho de 
“Venado”; instintivamente Gabriel zambulló su ser entero en 
aquel mar de entrañas frías al cual le debería después su su¬ 
pervivencia. 

Estrechó la distancia que lo apartaba del arroyo y, cuan¬ 
to le permitió su voluntad, enjuagó la inmundicia de su cuerpo 
que empero mantenía impregnado el hedor a carroña. En su 
cabeza aún resonaban, como ecos de una cueva, el estampido 
de los disparos ultimando a su pueblo desarmado, sin asomo 
de una migaja de la manifiesta clemencia oriental. ¿Clemen¬ 
cia? ¿Qué clemencia puede demandar la cobardía de un indio 
que abandona a sus hermanos a la inescrupulosidad de aque¬ 
llos que “Vaimaca” se equivocó en llamar “amigos”? Confun¬ 
dido con las entrañas descompuestas de aquella res por un 
momento sintió que debía volver a hundirse en ellas y perecer 


no 


| W. Darío Amaral | 


allí, no como un charrúa, sino como otro gusano al que nadie 
echaría de menos. Cavilaba acerca de la entraña oriental has¬ 
ta concluir que también era su entraña y la entraña del toro 
muerto, cuando un nuevo estampido de súbito se hizo carne 
desgarrada y sangre aflorando en su costado. Luego sobrevino 
el desvanecimiento... 

Epístola fechada a julio de 1831, del vecino oriental Ju¬ 
lián de Gregorio Espinosa a Fructuoso Rivera: 

“Mi muy amado Fructuoso, sigo con mis males 
y aunque aliviado, es muy lenta mi mejoría: por otra 
parte es que han empezado a atacarme los disgustos. 
Aquel indiecito Gabriel que tu le mandaste a Cande¬ 
laria, cuando yo iba para Itaquí, después de tres meses 
de enfermedad en la cual ha sido asistido sin reserva de 
ningún gasto, falleció consumido el día 24 a las 11 de la 
mañana: una pena ha sido para Candelaria esta pérdi¬ 
da, que ha mirado como una desgracia, por el amor de 
que él se había hecho digno, como porque desde su [en] 
fermedad estamos notando la falta de su buen servicio, 
pues él era el que corría con todo.” 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


111 



ARTE POÉTICA 


Doblegar en sanguíneo pulso la página llana, derramar 
sobre su nieve la entraña en abecedarias líneas de significados 
y significantes para proseguir siendo y no claudicar, 

con la vernácula esencia abismada por las ánimas sórdi¬ 
das que sobrevuelan el limbo interior de nuestro espíritu cris¬ 
pado; atizando con júbilo o pavor los vellos de la nuca 

y encogiéndonos de hombros para no claudicar la vena 
con tal de seguir siendo sangre y verbo. La altiva pronuncia¬ 
ción del espíritu que rehuye acallar las luminosas suertes, 

enfilando su pie ligero por sobre arenas movedizas bajo 
un poniente de tormenta cercenado por destellos que dan tie¬ 
rra donde el arco iris nace o perece. 

Métrica pétrea de aguas turbias que desborda los silen¬ 
cios ancestrales, que la luna autumnal desde la altura recae en 
contemplar y entremezclarse con una olímpica ambrosía; no 
descubriremos otro prodigio distinto al que, despojado inme¬ 
recidamente de la rosa y el laurel, descubriese una mañana de 
julio también acaso aquel noble Cyrano de Bergerac tras su 
último combate proclamando desde el suelo hacia los altos 
esbirros: “y aunque falto de tiempo no desenfundé jamás mi 
belicoso florete, inmaculado quedará asimismo mi orgullo de 
poeta; sólo he atesorado una cosa y una cosa me he de llevar: 
una pluma con la que acaso ilustré en palabras una flor...” 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


113 



SI CON MIS OJOS VIERAS 


Si con mis ojos vieras los abrasados gajos de las viejas 
higueras precipitarse con su manto cerrado por hojas y que¬ 
jumbrosos nidos de ruiseñores a las tan gélidas y pútridas ver¬ 
tientes que bajan del monte carbonizado tras el bombardeo 
enemigo acarreando la parva de despojos de animales y hu¬ 
manos. 

Si con mis ojos vieras el centenar de lápidas y panteones 
revueltos, resquebrajados, vueltos polvo entre las cenizas de 
un desierto agrietado que otrora fuese el lecho de un océano 
cuyas olas se elevaban como valles surcados por siluetas de 
cetáceos y sobrevolado por imperiales albatros que ya no vol¬ 
veremos a avistar desde ningún faro ni risco soleado. 

Si con mis ojos vieras por sobre las destejadas viviendas, 
todas desvencijadas, todas deshumanizadas en pie de puro mi¬ 
lagro, que han devenido al final en guaridas de lobos, ratas, 
escorpiones y toda clase de alimaña sin nombre pero con ape¬ 
llidos más repulsivos y peligrosos que los mismos neonazis. 

Si con mis ojos vieras los anómalos eclipses lunares y la 
lluvia de estrellas verdosas a cada anochecer en que resulta 
más conveniente mantenerse convida en el claustro del sóta¬ 
no, semejante a un Aleph, en alguna latitud indiferente entre la 
oscuridad que reina como el mismo Lucifer fastidiado a varios 
metros desde su Seol. 

Si con mis ojos vieras la inferencia de los que antaño 
fueron mortales, ordinarios hombres de familia que distraían 
su días en el deleite sencillo de sus ocupaciones habituales, sus 
romances y paseos vespertinos...y no en la degradación de su 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


115 


humanidad...la depravación que los conduce hoy a devorar o 
infectar los cuerpos de sus esposas e hijos transmutándolos en 
bestias carroñeras exentas de alguna piedad. 

Si con mis ojos vieras el desbarajuste de juguetes espar¬ 
cidos, silenciosos, aquietados y sucios, sin siquiera uno de sus 
respectivos dueños cerca que acaso consiguiese devolverles 
durante un tiempo breve apenas un atisbo de su graciosa ani¬ 
mosidad. 

Si con mis ojos vieras y me vieras sosteniendo aún este 
aciago hálito, esta subvención del caos, esta gélida desolación, 
no vacilarías, siquiera un instante, en compadecerme 

tanto más por mi escabrosa ventura, como por el escar¬ 
nio de mi libertino encierro, 

la desdicha de mi cuerpo y alma corrupta, la desazón de 
otro nuevo amanecer. 

Si con mis ojos vieras, me verías primero, antes que a 
toda esta infamia, desprovisto de mi verdadera humanidad, 
descorazonado, deshumanizado de mí y ansiando convertir 
todo cuanto se me aproxima y rodea en la misma nada. 

Verías también el arrellanado esplendor de este octavo 
círculo que nos circunvala en lo que más se parece a una pe¬ 
sadilla naciendo y renaciendo, una, otra y otra vez, cada día, 
en la luna de un espejo que ya ha dejado de devolver cualquier 
posible reflejo. 


116 


| W. Darío Amaral | 


MANTIS RELIGIOSA 


Me dado cuenta de que nací de una mantis religiosa; to¬ 
dos en realidad emergimos al mundo de una, sólo que rara vez 
nos percatamos de ello. Convivimos en una sociedad abarro¬ 
tada de mantis religiosas, pero no nos conviene reconocerlo 
ante la amenaza de generar un caos absurdo mayor. Una man¬ 
tis religiosa nos gobierna, en tanto que otras nos persuaden de 
la existencia inmaterial de una mantis religiosa superior como 
una deidad a la cual no debemos defraudar para no acabar 
devorados por ella en un santiamén. Si sabemos convivir ar¬ 
mónicamente aceptando ese orden de mantis preestablecido 
la recompensa será en cambio maravillosa: proseguir vivos 
durante la eternidad que a la mantis religiosa suprema le lleve 
devorarnos por completo. 


EL ESTAMPIDO DE LA ENTRAÑA ORIENTAL 


117 



ÍNDICE 


Prólogo | 11 

Acerca de rampas, escalones y otras escalerillas hasta el cielo | 13 
La voluntad de las ojivas de sangre | 17 
El que aguarda un tren en un andén a medianoche | 19 
El jardín de la ciudad mudable | 25 
Aquí (sobre) vivió otro Reinaldo Arenas | 27 
Lumpen oriental | 35 
El ojo al final del pozo | 39 
El perol de las lenguas becerras | 45 
Jhonny Melgarejo y el viejo carcelero | 51 
Avant-premlere: Dios a flor de agua | 57 
Una lectura de Héctor Baptísta | 61 
Los gatos huérfanos o una temporada de fe | 65 
Podría ser yo, por encima alguna deidad, pero (imperativamente) eres tú | 69 
Lo que se dice casi un acto poético | 71 
Plaza sitiada al 1400 | 77 
El hacedor de charcos | 79 
A los detractores de toda "neopoétlca" | 81 
En Shikoku, la hojarasca liviana | 83 

Supersticiones del nuevo poeta mald(h)ito y un silogismo postumo que no hacía falta | 89 
Monólogo del Emir | 91 

María Clara y su modesto parque de diversiones | 93 
(*) Caronte/ Hades | 95 
Sí/No | 97 
Sin evidencias | 99 
Callejón sin salida | 101 
Escrito con tinta roja sobre espuma blanca | 103 
Exequias execrables | 105 
Flor nacida en la penumbra de una celda | 107 
El estampido de la entraña oriental | 109 
Arte poética | 113 
Si con mis ojos vieras | 115 
Mantls religiosa | 117 



COLECCIÓN EXCÉNTRICOS 


Todos los cuentos 
Felipe Polleri 

Escritor indolente 
Carlos Liscano 

Como si luera poco 
Roberto Appratto 

Algunos cuentos, algunas canciones 
Darío Iglesias 

Bifrost 

Marcelo Damonte 

Menú de guerra 
Julio Cesar Gulanze 

Cierzo 

Laura Chalar 

Cuando eso acecha 
Andrea Arismendi Miraballes 


Género Oriental 

Fantasía. Terror. Noir, Ciencia ficción. Cosas raras. 
AA.W. 


"El neouruguayo será por sobre todas las cosas, un lumpen 
trasterrado sí, embestido de un desamparo tan indómito como la 
noche que lo doblegará hasta diluirlo en el reflejo imperturbable de 
un exótico mar egeo. Y allí, en el azogue de la ribera, sin pampero, sin 
cruceras que se mordisqueen su propia cola, sin octavas ni lanza de 
tacuara a la que aferrase, ha de fenecer tan leve como un adagio, sin 
que nada, nadie y ninguno le rememore quien pudo haber llegado a 
ser en otras lejanas latitudes y calzando un par de zapatos de otra 
talla y suela. A fin de cuentas, cada individuo es, tras un acicate de 
gracia, también un himno destruido."